Por Xavier Bankimaro

Desde que el hombre comenzó a poblar el planeta amando y matando le ha otorgado cualidades humanas a todo aquello que ve, a este acto se le conoce como antropomorfismo; así, los fenómenos de la naturaleza, por ejemplo, eran antiguamente “antropomorfizados” y convertidos en dioses de acuerdo a la interpretación que el pueblo en cuestión tenía: Poseidón (el mar) era arrogante para los antiguos griegos y Chaac (el agua en sí) era temible para los antiguos mayas. Para el filósofo y teórico social Michel Foucault, el monoteísmo no representa sino la “antropomorfización” del universo entero, es decir, darle cualidades humanas a aquello que no es humano y en este caso el TODO.

Ahora bien, es obvio que aquí hay algo que aclarar, y sin irnos hasta el punto de Foucault, en donde tal vez nosotros vemos al universo lógico y racional porque nosotros somos lógicos y racionales aunque éste no lo sea, aterricemos en nuestra vida cotidiana y preguntémonos con humildad:

¿Por qué le damos a casi todo cualidades humanas?

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En su ensayo El Mono Desnudo (1967), el zoólogo y etólogo británico Desmond Morris, nos habla de un experimento en el cual se le mostraron a diversos niños de entre 5 y 7 años de edad numerosos animales en un video conviviendo en su hábitat natural (el león cazando a la gacela y demás), después los niños tenían que votar por sus animales favoritos; lo que maravilló a los investigadores es que los animales más escogidos por los niños no tenían nada que ver con el peligro o tamaño que representaban en el video, no importaba si en éste un oso destrozaba una colmena, los animales escogidos fueron los que tenían mayores rasgos humanos.

La respuesta a la pregunta anterior es simple: en nuestra necesidad de comprenderlo todo, y en nuestra incapacidad de ver más allá de nuestra percepción humana terminamos por “antropomorfizar” todo, así la lluvia “cae fuerte” y, he aquí un punto importante: nuestras mascotas nos “aman”.

¿Qué tal si simplemente nuestra primitiva necesidad de contacto corporal y compañía nos lleva a tener un gato?

Quiero aclarar que no pretendo subestimar, querido lector, lo que sientes por tu mascota, lo que pretendo es que precisamente por el amor que le tienes trates de entenderla más allá de tu humanidad: tu perro, tu gato, tu ave, ninguna es humana y darles un trato con base en cualidades humanas puede ser desastroso para ellos.

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La realidad es que así como la lluvia no “cae fuerte” es muy probable que nuestras mascotas no nos amen, es muy probable que como animales domesticados tal vez hayamos desarrollado una especie de simbiosis con ellos; en El Mono Desnudo, Morris propone que el perro y el humano desarrollaron esta simbiosis cuando se vieron juntos en la sabana y ambos eran demasiado débiles para competir con los otros depredadores y que el gato simplemente comenzó a seguirnos por lo mismo; Morris y muchos zoólogos no consideran al gato un animal domesticado y mucho menos un animal que haya desarrollado una simbiosis con el humano.

Verás, cuando llegas a casa y tu gato se mete entre tus piernas ronroneando no te está “saludando”, está readaptándose al ambiente, el cuál tu acabas de romper. Mediante el ronroneo el gato genera ondas sonoras que capta con sus bigotes (como un radar) para medir distancias y dimensiones, cuando entras a casa le acabas de romper todo este esquema, y después lo cargas y le dices “Hola minino…”

En mi opinión, todo dueño de una mascota debería leer un poco de zoología para acercarse más a comprender a su mascota y no dañarla con antropomorfismos.

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“El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal…”

Edgar Allan Poe.

-El Gato Negro.

¿Y qué sucede con la interpretación del universo fuera de casa y nuestras mascotas, más allá de la lluvia?

En su libro La Gaya Ciencia (1882) Friedrich Nietzsche nos advertía, entre otras cosas, del peligro de interpretar nuestra realidad bajo nuestra percepción humana; la obvia pregunta que surge aquí y que él mismo se hizo fue:

¿Podemos siendo humanos interpretar el universo de otra manera que no sea humana?

La respuesta es un obvio NO.

Sin embargo, y si prestamos atención, así como la naturaleza “le dio” (aquí hay un inevitable antropomorfismo) al gato el “sonar” para moverse en el mundo, ésta “nos dio” la capacidad de inferir sobre evidencia para ir más allá de nuestra realidad, de aquí que pudiéramos imitar a otros animales para desarrollar herramientas (las lanzas de las garras del león, los aviones de las aves, el helicóptero del colibrí), de lo contrario no hubiéramos llegado a la luna y amando y matando no hubiéramos poblado este planeta, nuestro hogar, y al cual deberíamos al igual que con nuestras mascotas, entender más allá de lo humano.

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