El control de las herencias y las ideas de los vivos es sólo ligeramente más escalofriante que el que se tiene de las de los muertos, pero si hay alguien que domina los cuerpos letrados de hoy y otros tiempos, es sin duda Andrew Wylie.

Wylie (Boston 1947) es el agente más poderosos de la industria del libro en Occidente. En 1980 fundó su agencia literaria The Wylie Agency con a penas un teléfono de disco. Hoy cuenta con oficinas en Nueva York, Londres y Madrid y representa a más de 700 escritores, vivos y muertos, en todo el mundo. Entre su admirable cartera de clientes se encuentran: Roberto Bolaño, Philip Roth, Italo Calvino, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges y Salman Rushdie.

Pero su éxito no le ha generado alegría a todos. Wylie es polémico; sus tácticas de persuasión, poco convencionales pero muy efectivas, le han valido una lista de enemigos casi tan larga como su lista de clientes. Wylie tiene pocos escrúpulos a la hora de expresar su opinión y de compartir sus estrategias de venta y negociación. No teme criticar escritores o explicar sus, en ocasiones irreverentes y maquiavélicos, métodos de convencimiento.

Wylie es un genio de la persuasión desde joven; mientras estudiaba en St. Paul, convenció a un taxista de hacer rutas con los estudiantes del internado para comprar alcohol clandestinamente. En Harvard persuadió a Harry Levin de que dirigiera su tesis al recitarle un largo pasaje de Finnegans Wake. Esta misma estrategia le sirvió tiempo después para convencer a su primer cliente I.F Stone de firmar con él, sólo que aquella vez necesitó cantar a Homero en griego antiguo.

Al terminar su carrera se mudó a Nueva York donde condujo un taxi y rentó una librería. Ahí conoció a Bob Dylan y John Cage. Fue entonces donde cometió la osadía que le enseñaría cómo manejarse en el negocio de la cultura: entrevistó a Andy Warhol haciéndose pasar por periodista. El artista le enseñó todo lo necesario para hacer del difícil negocio de la cultura un imperio. Consideró ser editor pero en las entrevistas con las editoriales cometía un error imperdonable: declaraba no leer best-sellers. Desde luego, esto no estimulaba a quienes les interesa vender por millar. Al escuchar sus fallidas entrevistas y conociendo su elocuencia, Joseph Fox, editor de Capote, le recomendó volverse agente literario.

Desde entonces, Wylie se ha vuelto un saltimbanqui de los negocios editoriales. “El Chacal” es el apodo que le ha dado la prensa por su implacable habilidad para representar escritores, o como algunos dicen: “robar” intelectos. Este apodo se le dio por primera vez cuando Martin Amis dejó a su agente, con quien trabajó por décadas, para irse con Wylie. El acuerdo inicial que se le ofreció fue valorado en £500,000. Quienes sabemos que el peor negocio para un escritor es escribir, no juzgamos la actitud de Amis frente a tan sugerente propuesta.

Sin duda, “El Chacal” demuestra con sus colosales clientes que no se conforma con la carroña. Andrew Wylie conoce las necesidades del medio y sabe cómo llenar los deseos (y llegar al precio) de vivos, muertos, viudas, herederos, premios Nobel y editoriales.

Texto: Valeria Villalobos @vil_val

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