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Por Alejandra Barrios / @alebarrios

El tiempo lo ha dicho. A casi un año de su última temporada Breaking Bad se ha convertido en un hito de la televisión. Aún suspiramos con los primeros capítulos en los que un pelele Walter White explica de qué se trata su profesión: “la química es el estudio de la transformación”. “Todo es química”, resuelve. Esta es la esencia de Breaking Bad, la transformación, el gozo de ver el proceso con minucioso detalle, este viaje que importa tantísimo más que el destino y que tanto defendía Damon Lindelof tras más que obvio y falto de inventiva final de Lost.

¿Por qué puede considerarse a Breaking Bad un clásico contemporáneo? Una de sus marcas narrativas es justamente el juego de anticipación. Vince Gilligan, su creador, recurrió una y otra vez a flashforwards para marcar puntos relevantes en la trama y crear así dudas a la par que expectativas en el espectador. El uso de los flashforwards ha dejado momentos míticos como el inolvidable “hello, Carol” o este desayuno que abre el capítulo cuarto de la quinta temporada, “Fifty-One”, en que una Skyler ensimismada deja, por primera vez, de dibujar con tocino el número de años que cumple Walter en su aniversario. En definitiva, es un uso muy inteligente de este recurso literario porque es utilizado para enfatizar los detalles porque, en el fondo, por norma general es la variación de estos detalles lo que Gilligan utiliza más a menudo para describir de una forma visual los cambios en la vida o en el carácter de sus personajes.

El punto álgido de este mecanismo es la apertura del antepenúltimo capítulo de la serie, “Ozymandias”, en el que empezamos con un flashback de la primera vez que Walt y Jesse cocinan en la caravana y Walt le cuenta la primera mentira (inocente, ensayada, fácil, efectiva) a su mujer, para terminar en el tiroteo que acaba con la vida de Hank tras ver como los elementos que teníamos al inicio se iban desvaneciendo sin dejar rastro alguno porque, llegados a este instante, los protagonistas ya se han devenido en otra cosa totalmente diferente, corrompida y violenta.  En este momento Gilligan convierte el lenguaje audiovisual en una reacción química acelerada que nos lleva al fin del viaje porque, no nos engañemos, el recorrido culmina en “Ozymandias” ya que en este capítulo es donde muere de una vez por todas Heisenberg y los dos últimos capítulos giran en torno al fantasma de Walter en busca saldar su cuenta pendiente (proveer por su familia e impedir que la metanfetamina azul siga produciéndose sin él) antes de desvanecerse para siempre.

¿Cuántos recursos memorables más nos puede ofrecer Breaking Bad? Demasiados, diría yo, pero eso sólo al querido lector le queda descrifrarlos. Recordaremos por mucho tiempo tu nombre, W.W.

 

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