A menos que se quiera terminar siendo un pobre penitente, un hombre jamás debe renegar de los elíxires de Baco. Poco importa el oficio; cuando se bebe como el Dios del vino manda, nunca se rechazará el trago del estribo.

“¿Por qué bebes?, me preguntan. Porque  a) me gusta y b) es difícil detenerse. […] La civilización es una cuidadosa construcción para la producción y distribución del alcohol”, afirma Eddie Féretro, el sabio asaltabancos de Filosofía a mano armada, de Tibor Fischer.

Con todo, hay de beodos a beodos, vocaciones y oficios más o menos propensos al deporte extremo de empinar una botella. Si bien antaño poetas y artista de la bohemia solían estar entre los mejores bebedores, en la actualidad, gran parte del gremio literario no consentiría a su hígado ni con una copita de rompope.

Los directores de cine, por cierto, tampoco suelen destacarse en este rubro; salvo dignísimas excepciones, pienso en la furia y los excesos de un Sam Peckinpah, incapaz de filmar una película sin estar alcoholizado y/o drogado, los cineastas dedican más tiempo al alarde de sus vicios que emborrachándose como tal.

En el pasado, autores como Edgar Allan Poe, F. Scott Fitzgerald o Malcolm Lowry, por citar algunos ilustres ejemplos, privilegiaron su alcoholismo aun a costa de su ya de por sí colosal obra literaria (los tres murieron antes de los cincuenta años, en el pico de su creatividad, dejando proyectos y obras inconclusas).

Escribanos de la era del best-seller, guionistas y directores de blockbusters, he aquí una humilde proposición: ¿Por qué no mejor se beben dieciocho vasos de whisky en un par de horas como Dylan Thomas, si es que su hígado lo soporta? ¿Acaso sería mucho pedirles un acto de fe y renuncia similar?

Y así, mientras esperamos sentados a que nuestros escritores se decidan a honrar su insigne tradición, rememoremos, a modo de consuelo, los mejores relatos etílico-literarios que han saltado de los libros a la pantalla grande.

 

I. La vinolencia sórdida de un poeta

Nadie a estas alturas duda ya que el angelino Charles Bukowski, alias Henry Chinaski, fue uno de los escritores ebrios más prodigiosos de las últimas décadas.

De la media docena de filmes basados en la vida y obra del viejo puerco, algunos infames como Factotum (Bent Harmer, 2005), otros preciosistas como Crazy love (Dominique Deruddere, 1987), hay por los menos dos imprescindibles: Barfly (1987), de Barbet Schroeder y Ordinaria Locura (1981), de Marco Ferreri.

Con un guión desenfadado, escrito por el mismo Bukowski (que aparece en un breve cameo, bebiendo, of course, frente a una barra), la cinta de Schroeder, evoca la sordidez gamberra de los bajos fondos de Los Ángeles, con sus peleas de cantina y mugrientos callejones, con su legión de vagos, rameras y borrachos.

Barfly, sin embargo, quizá resulte un tanto destilada; la culpa es de Mickey Rourke, quien con sus gestos de simio patizambo y contrahecho, ofrece una caricatura boba del poeta, así como de Faye Dunaway (Wanda, una mosca de bar” y güila cuarentona), cuyas piernas de pollo son una agresión a la mirada.

Ordinaria locura, en cambio, es todo un festín rocambolesco. Heredera del humor escatológico y la sabia indecencia bukowskiana, aquí los protagonistas son el sexo, la poesía y las hazañas vinolentas del bardo Charles Serking (el maestro italiano no consiguió los derechos para usar el pseudónimo “Chinaski”).

El Bukowski de Ferreri (un Ben Gazzara inspiradísimo), todo gafas negras y botella en mano, es un pervertido que manosea enanas de trece años, un violador que persigue rubias cachondas por las calles, un Don Juan que da cunnilingus a mujeres de media tonelada y saca garfios de la entrepierna de sus musas.

Es decir, Míster Bestia en su más embriagante y poderosa versión, merendándose a un tropel de ninfas de todas las formas, tamaños y sabores; libando como él sabe, con agallas, con estilo; pero sobre todo, recitando un montón de poemas inmortales que lo llevarán al paroxismo.

“La locura circula como nenúfares en un estanque, girando sin sentido… ¿Son las fuerzas de la vida más grandes que nosotros? ¿Por qué no podemos despertar? ¿Debemos para siempre, queridos amigos, morir mientras dormimos?”.

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II. Crudas pánico-espantosas

Desde tiempos ancestrales el dogmatismo religioso y la moral conservadora han sido los principales enemigos del consumo de sustancias espirituosas. Sin embargo, no fue sino hasta hace poco menos de un siglo que el discurso médico-psiquiátrico hubo de sumarse también a la cruzada en contra del alcohol.

El cine hoollywoodense de la posguerra, por ejemplo, contribuyó al afianzamiento de un dogma entre la opinión pública de la época: el alcoholismo como una adicción y enfermedad, la cual sólo puede combatirse mediante terapias médicas, grupos de autoayuda (tipo doble A) y la fe en un poder más alto.

De esta época datan tres alegatos de pretensiones sobrio-moralistas, encaminados a censurar la conducta autodestructiva del alcohólico: The Lost weekend (1945), de Billy Wilder, Days of wine & roses (1962), de Blake Edwards, y The hustler (1961), de Robert Rossen.

Además del pedazo de directores detrás de cada filme, también está la pluma endiablada de autores que corrieron con la mala suerte de ser eclipsados por el éxito que sus historias tuvieron al momento de ser adaptadas al cine –todas ganadoras y/o galardonadas a los premios Óscar–: Charles J. Jackson, J.P. Miller y Walter Tevis.

Tres cintas magistrales que comienzan en un tono alegre, medio cómico y hasta festivo, como una juerga ordinaria entre briagos lenguaraces, pero que transcurrida la media hora de película, mientras las botellas de whisky y de ginebra se acumulan, pronto se transforman en melodramas tremendistas.

Y luego están sus protagonistas, agónicos y genuinos antihéroes: Don Birnam (Ray Milland), un escritorzuelo sin talento en The lost weekend, Joe Clay (Jack Lemmon), mediocre publicista en Days of wine & roses, y Eddie “Relámpago” Felson (Paul Newman), buscavidas y apostador profesional en The hustler.

Perfectos cobardones nacidos para perder: “Me encoge el hígado, ¿verdad? Me destroza los riñones, sí, ¿pero qué le hace a mi cabeza? Lanza los sacos de arena por la borda para que el globo se eleve. Y entonces estoy por encima de todo, me siento preparado, muy preparado”, resume, frente a su trago, Don Birnam.

Notables, por cierto, las escenas que recrean su ingreso a cárceles y pabellones psiquiátricos, el asalto a licorerías, sus crudas prometeicas, pero sobre todo, el espanto que supone su autodegradación y el descenso al tártaro de la abstinencia: el delirium tremens, esa “enfermedad de la noche”.

En definitiva, tres campeones superpesados del alcoholismo que comprueban la siguiente tesis: no hay nada más triste y vergonzoso en este mundo que un alcohólico arrepentido de su forma de beber.

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III. Vino serán, mas vino enamorado

Es sabido que cuando un abstemio se enamora de alguien propenso a la bebida tiene ante sí dos opciones: buscar regenerarla (empresa destinada al fracaso), o bien, si su amor es en verdad profundo y sincero, emborracharse junto a ella, llegando incluso a procurar y alentar su vicio.

Leaving Las Vegas (1995), acaso el trabajo más accesible del cineasta experimental Mike Figgis, basada en la novela autobiográfica de John O’Brien, quien se pegara un tiro en la cabeza meses antes del estreno de la cinta, ejemplifica de sobra este ideal.

“No puedes nunca, nunca, pedirme que deje de beber”, es la condición que impone Ben Sanderson (Nicolas Cage, en la más decente de susactuaciones), eterno crudo del tipo temblón-macilento, que ha llegado hasta Las Vegas con el objetivo de beber hasta matarse, a una rubia prostituta necesitada de cariño: Sera (Elizabeth Shue).

Un imperativo que habrá de culminar en un volcánico y glorioso final (no apto para espíritus frugales), cuando este curvilíneo ángel de la muerte (las minifaldas y escotes de la Shue son de antología) ponga a prueba los dotes expiatorios de sus caderas.

Todavía más fúnebre y desoladora es Ironweed (1987), del brasileño Héctor Babenco, que gravita en torno a Francis Phelan (Jack Nicholson), ex-estrella de beisbol, matón y trotamundos, y su novia Helen (Meryl Streep), una pordiosera dientes-podridos, adicta al desprecio y los puños de su amado.

Con guión de William Kennedy, autor de la novela del mismo título, y estructurada a base de flashbacks y alucines esquizofrénicos (Phelan carga con media docena de asesinatos, un coro de espectros que remuerden su conciencia), se trata de una elegía etílico-fantasmal sobre la muerte, la culpa y la imposibilidad del perdón.

Menos trágica y mortuoria, resulta Los amantes del Pont-Neuf, (1991), del iconoclasta director francés Leós Carax, la cual cuenta el romance entre Alex (Denis Lavant), un mendigo vinolento y celoso, y Michèle (Juliette Binoche), una pintora ciega que, tras una decepción amorosa, deviene una indigente.

Una delicia ebrio-conmovedora la escena en la que los amantes bailan y festejan los dos siglos de la Revolución Francesa mientras los cielos se iluminan por los juegos pirotécnicos, y las aguas y los puentes del Río Sena explotan por sus risas y pasión frenética, con el Danubio Azul de Schubert como música de fondo.

Si bien no está basada en ningún libro, la incluimos en la lista por ser una de las más sofisticadas alcoholemias de amor jamás filmadas; una borrachera constante, más allá de la muerte, parafraseando el famoso soneto de Panchito Quevedo.

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IV.- Dipsomanías sagrado-delirantes

¿Por qué beben?, cuestionan, y con razón, los abstemios a los borrachos. La respuesta jamás será sencilla. Bebemos de alegría o cuando estamos embargados de tristeza. Bebemos para olvidar amores ingratos o bien para enamorarnos de nuevo. Bebemos para morir más pronto y también para seguir viviendo. Bebemos porque sí, por puro gusto. Para eternizar el instante.

François Rabelais, en su inmortal sátira medieval, Gargantua, lo sintetiza así: “Bebo por la sed que he de sufrir. Eternamente bebo, y así la bebida es para mí eternidad y eternidad es mi bebida… Bebed siempre y no moriréis jamás”. ¡Oh, sabios lectores, mártires bebedores, no olviden nunca las sabias palabras del poeta!

Sí, porque para muchos de nosotros, lejos de conducir al Infierno el alcohol es la ambrosía que cura las heridas, un camino más hacia la santidad. Yoidore Tenshi o El ángel ebrio (1948), de Akira Kurosawa, Bajo el volcán (1984), de John Huston, y La leyenda del santo bebedor (1988), de Ermmano Olmi, así lo constatan.

De estética noir y expresionista, El ángel ebrio, narra la tortuosa relación médico-paciente entre dos borrachines amargos y proscritos: Sanada (Takashi Shimura), un galeno afín al sake mezclado con alcohol del 96°, y Matsunaga (Toshiro Mifune), un gánster tuberculoso y desahuciado, líder de la yakuza japonesa.

En medio de las ruinas, muladares y cloacas tóxico-pestíferas del Tokio de la Posguerra, estamos ante la primera gran obra maestra de Kurosawa, donde el juramento hipocrático del médico, convertido en genuino serafín de la guarda, es recompensado por un último acto de humanidad, gratitud y sacrificio por parte del paciente-pecador.

Más subterránea y eléctrica es Bajo el volcán (1984), adaptación de la monumental tragedia de Malcolm Lowry, en donde el agreste paisaje mexicano, con sus pueblos, tianguis y plazas coloniales, con sus volcanes, tugurios y mezcales, no son otra cosa que la boca llameante del Infierno.

Y su protagonista, ese simpático caballero inglés, enfebrecido de mezcal, siempre vestido de smoking blanco y con gafas negras, Geofrey Firmin, El Cónsul (un soberbio Albert Finney), ha de sumergirse y con suma felicidad en sus entrañas: “¡Hell, I choose Hell!”, afirma ante su pérfida ex-esposa, Ivonne (una hermosísima Jacqueline Bisset).

Con un elenco binacional (Ignacio López Tarso, El Indio Fernández, Hugo Stiglits, Tun-Tun, y hasta un Roberto Sosa de niño), la cinta del “gringo viejo”, John Huston, evoca el goce autodestructivo, santificado, del dipsómano; de quien bebe no por despecho o evasión, sino por un excesivo afecto de entusiasmo delirante.

La leyenda del santo bebedor, por último, cuenta la fantástica historia de Andreas Kartak (Rutger Hauer), honorable bebedor y clochard parisino, quien ha recibido doscientos francos de parte de un misterioso caballero, a cambio de la siguiente promesa: pagarlos en cuanto pueda, no a su benefactor, sino en tributo a la Santa Teresita de Lisieux.

Por supuesto, el estilo de vida disoluto de Andreas, así como la constante y milagrosa aparición de cada vez más dinero en su cartera, harán imposible el cumplimiento de su manda, convirtiendo sus días en un continuo acercarse/embriagarse/extraviarse de camino hacia la Iglesia, es decir, la salvación.

El rostro beatifico de Rutger Hauer, sus ojazos azules, dipsomaníacos, desfalleciendo al pie de las escalinatas de la Iglesia, en pleno éxtasis divino, resulta casi tan sobrecogedor como el de Roy, el replicante de Blade Runner, su más afamado personaje.

Una parábola fílmica acerca de la pureza sacramental y redentora del vino, cuyo final hace suya la plegaria que Joseph Roth, autor del legendario relato homónimo, dedicara a estos ángeles caídos: “Dénos Dios, a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”.

 ¡Salud!

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