Por Enid Molko / @Ganjairas

Sólo hay una cosa peor que no tener trabajo… buscar trabajo. Es un proceso desgastante en el que vas enloqueciendo poco a poco. Terminas haciendo lo que juraste nunca harías. Te tragas tu orgullo y pides favores a quien nunca esperaste. Todo esto mientras tienes que soplarte las “sabias opiniones” de tu familia, quienes te ayudarán a recordar todas las malas decisiones que has tomado desde que empezaste a caminar. En conclusión, buscar trabajo es horrible.

El primer paso de este viaje consiste en leer los consejos que ofrecen sitios como: Expansión, Forbes, CNN, OCC, Soy Entrepreneur, entre otros. Intentas aplicarlos, aunque a veces unos se contradigan con otros. Lo que no sabes es que estas empresas están en el negocio de las falsas esperanzas. Al igual que la religión y la superación personal, su negocio consiste en dar consejos obvios y decirte lo que básicamente ya sabías, pero con el respaldo de una marca reconocida. ¿Y cómo no creerles? Muchas de sus notan cuentan la historia de gente, igual de desesperada que tú, que un día tuvieron una idea millonaria y ahora son CEO’s de grandes empresas. Así que, arreglas tu curriculum con todos tus títulos, cursos, objetivos, habilidades y una superfoto. Tal y como dicen en OCC, pero quizás no debas hacerlo porque, tus futuros no empleadores, van a pensar que estás sobrecapacitado. Y seguramente están buscando a un chango que, con seis mil pesos, trabaje de lunes a sábado de 7:00 a 6:30 pm.

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Con tu CV listo, es hora de darse de alta en todas las páginas de empleo existentes. Contestas los mismos formularios una y otra vez, y sientes ese escalofrío cuando te detienes a pensar en lo que pudiera pasarle a tus datos personales. Ves los anuncios de los trabajos que se ofrecen en Internet y te das cuenta de todas las cosas que no sabes hacer: Toda la experiencia que no tienes. Empiezas a cuestionar todas tus decisiones: Desde la carrera que estudiaste, cómo has aprovechado tu tiempo y hasta tus amigos. Una pequeña parte de ti muere cada vez que tienes que volver a cambiar el objetivo de tu CV para ajustarlo a cierta vacante. O cuando escribes otra carta de exposición de motivos para explicar por qué eres la persona indicada para ese puesto. Es frustrante, porque después de tantas cartas y convocatorias ya no sabes ni qué decir.

Todo el tiempo libre y las decepciones te convierten en un ser horrible, corroído por la frustración y la envidia. Lees con odio las historias de parejas que dejaron sus “súper trabajos” para viajar por el mundo y tomarse selfies. Ves como un lejano espejismo las historias sobre empresas que pagan bien, tratan con dignidad a sus empleados y hasta los dejan llevar a su perrito a trabajar. Con el tiempo empiezas a envidiar a quien tiene trabajo y más, a tus conocidos, que les va mejor que a ti. No tener trabajo y no tener novia, es algo parecido. Si andas solo, nadie te hace caso, pero cuando el amor llega a tu vida, te vuelves irresistible. Con los trabajos pasa lo mismo. Cuando no tienes trabajo eres tan indeseable como el “viene viene” del súper. Ya con trabajo, el panorama luce más prometedor.

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De repente un día suena tu teléfono con un número misterioso. Al contestar no te ofrecen una tarjeta de crédito, sino una entrevista de trabajo para un puesto al que ya ni recordabas haber aplicado. Una entrevista de trabajo es como cuando intentas ligarte a la morra que te gusta. Estás nervioso porque sabes que sólo tienes una oportunidad y tienes que rifarte. Por otro lado, todo lo que digas puede ser usado en tu contra, nunca sabes qué decir. Probablemente harás el ridículo. Así que haces tu mayor esfuerzo por encontrar el equilibrio entre dos polos opuestos. Quieres caer bien, pero no parecer arrastrado. Sabes que debes mostrar interés, pero no tanto como para parecer desesperado, porque la desesperación no es atractiva. Debes de mentir todo lo que puedas, pero con precisión milimétrica para que no te cachen. Quieres hacerte el chingón para que te den tu lugar y vean que eres el mejor candidato para el puesto. Pero no tanto, porque quizás quieran un empleado sumiso y les des la impresión que vas a dejarlos tan pronto y salga una mejor oferta.

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La peor parte llega cuando te preguntan cuáles son tus defectos y no puedes decir: “pues siempre llego tarde a todos lados, soy bien huevón y soy de los que hablan durante las películas”, porque obviamente no te van a contratar. Esta es una situación donde es imperativo mentir. Entonces tienes que inventarte defectos inocentes que no hablen tan mal de ti. Algo así como: “Soy un perfeccionista, workaholic y para mí la conformidad es como una obsesión”. Entre tanta boñiga que sale de tu boca, simplemente te mueres por parar la entrevista, dejarte de tonterías y decir las cosas como van: “Mira, necesito un trabajo y me interesó su oferta. Tengo la educación y la inteligencia para hacerlo bien. Este no es el sueño de mi vida. Porque nadie sueña, cuando es niño, con trabajar de 8 a 6 horas todos los días y ganar poquito. Pero necesito un trabajo y si me dan la oportunidad, no les voy a fallar”.

Termina la entrevista y automáticamente sabes si te fue bien o mal. Sabes que eso de, estamos en contacto, es pura cortesía. No te volverán a llamar. Ahora tienes el resto del día para sobreanalizar todo lo que salió mal y destruir todas las ilusiones que te habías hecho.

Te vas a dormir y mañana volverá a empezar todo el proceso. Con los rechazos poco a poco irás rebajando tus expectativas, aunque no deberías hacerlo. Después de todo, las historias de éxito con las que todos fantaseamos, empiezan cuando te está yendo peor.

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