Por Gonzalo Lira Galván / @Gonyz

La celebración es en grande este año. El Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) cumple XV años y, como un caso excepcional, la fiesta coincide con el lanzamiento de Coco (en exclusiva para México una semana antes del resto del mundo), que no sólo le tomó seis años de preparación a Disney Pixar, sino que también llegará a las salas mexicanas apenas un mes después de los sismos que azotaron varios estados del país el 19 de Septiembre de este año.

Pero, ¿por qué la coincidencia es trascendente? Para quienes no estén enterados, el equipo liderado por John Lasseter viajó a diversos puntos del país (primordialmente Michoacán, Oaxaca y Guanajuato), donde por más de media década se dedicaron a investigar cada detalle de una tradición muy particular: el Día de Muertos.

Es inspirada en dicha tradición que la película plantea su premisa, aunque siendo Pixar, naturalmente es a partir de ella que intenta explorar temas más universales como el dilema entre la vida y la muerte, los valores familiares o la emancipación juvenil. Es así que conocemos a Miguel, un niño que vive en el pueblo de Santa Cecilia (cuya estética es una mezcla de todo lo visto por las mentes detrás de la película durante sus andanzas por tierras mexicanas) con el anhelo de convertirse en una sensación musical, similar al legendario cantante Ernesto de la Cruz (Marco Antonio Solís “El Buki” en la versión doblada).

Pero la familia de Miguel no necesariamente es una que se rija por el gusto hacia la música. Zapateros de oficio, los Rivera (que es el apellido de Miguel y su clan) llevan generaciones rehuyendo de los instrumentos y lo que sea que pueda reproducir una nota musical, después de que años atrás su tatarabuela fuera abandonada por un cantante del que Miguel no sabe nada.

La necedad de Miguel y sus deseos de seguir su sueño (o “vivir su momento”, como diría si ídolo de la Cruz) eventualmente lo llevan a usurpar su tumba con la intención de hacerse de una guitarra y explorar sus talentos. Pero la misión lo transporta al mundo de los muertos, donde deberá cumplir con ciertos requisitos antes de volver con la familia que para ese momento lo ha juzgado duramente por sus intenciones musicales o, de no hacerlo, vivir condenado a una eternidad rodeado de catrinas y alebrijes en compañía de Héctor (Gael García Bernal, estupendo), un desvalido cadáver al borde del olvido como su único cómplice.

 

Bajo el mando de Lee Unkrich (Toy Story 3) y su co-director Adrián Molina, Coco será un deleite visual para todo el público. De eso no hay duda. Las referencias a las tradiciones mexicanas, nuestra cocina e incluso un sinnúmero de “cameos” (ya sea que se trate del elenco de doblaje o de ciertas personalidades de nuestra cultura popular aludidas a lo largo del metraje como Cantinflas, Jorge Negrete, Diego Rivera, Pedro Infante y hasta Camilo Lara) son muy atinadas y llenas de humor (particularmente una osada pero acertada parodia a cierta artista nacional).

Pero las principales debilidades de Coco yacen en lo argumental, donde se percibe cierto reciclaje de ideas provenientes de otras películas, siendo quizá Monsters Inc. (de la que Unkrich fue co-director) e incluso un poco de Volver al Fututo (Robert Zemeckis, 1985) las más obvias. Si a esto sumamos una urgencia palpable por hacer evidente la ardua investigación que hicieron sus creadores, es justo decir que la película de Unkrich y Molina se distrae demasiado en rendirle tributo a las tradiciones de las que claramente se enamoraron (el equipo de Pixar vivió incluso con familias mexicanas, las cuales conocemos en los créditos finales), tomándose al menos media hora de planteamiento o presentación de personajes, y descuidando por completo el arranque de la problemática central sobre la que gira el resto de su trama.

Los directores, sin embargo, logran añadir ciertos giros hacia la segunda mitad que, aunque finalmente conllevan a un desenlace satisfactorio y conmovedor hasta las lágrimas que para entonces podría ya haber perdido la atención de gran parte del público, principalmente de los más pequeños, por su innecesaria solemnidad alrededor de la tradición que retratan. Esto termina actuando involuntariamente en su contra, ya que para el pintoresco y colorido mundo en el que Unkrich y Molina sitúan su historia, tanta seriedad puede resultar incluso incongruente.

Definitivamente Coco es una película que debe ser vista y que se agradece exista para enaltecer una de las tradiciones más bellas de nuestro país, sin embargo se inscribe entre las películas menos aventuradas de un estudio que anteriormente nos acostumbró a obras maestras más propositivas en lo argumental y lo visual como Wall·E, Up o la propia trilogía de Toy Story.

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