Con el objetivo de acabar con el hambre y la pobreza en su país natal -Irlanda-, el genio satírico Jonathan Swift proponía, a modo de “solución final”, manducarse a los más desprotegidos del reino: niños de la calle, huérfanos y demás críos de familias empobrecidas.

“Un tierno niño bien sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido, y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout”, aconsejaba con desparpajo en Una modesta proposición (1729).

Si bien no ha existido ni existe ninguna nación civilizada que haya legalizado tal práctica, lo cierto es que el sistema económico de Occidente, el capitalismo de libre mercado, es en sí mismo una maquinaria de depredación sacrificial tan perfecta (Mammón muerto, a decir de Marx) que no hace falta impulsar políticas públicas de antropofagia.

Para muchos críticos anti-sistema, el goce, la saciedad y el progreso de unos cuantos implica, de facto, el sacrificio y la explotación de gran parte de la humanidad. Parecería que incluso es una condición necesaria: muchos han de vivir y morirse de hambre, en la peor de las miserias, para que unos pocos podamos gozar de todas las comodidades.

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Esta es la verdad desnuda, el sentimiento de culpa y la realidad insoportable que hay detrás del último libro de Martín Caparrós, El hambre, una de las crónicas ensayísticas más combativas, demoledoras y monumentales (600 páginas) que se hayan escrito sobre el fenómeno.

“Que tantos consigamos comer todos los días es un milagro; que tanto no lo consigan es una canallada […] si hay gente que se enferma y se muere de hambre es porque los que tienen comida no quieren dársela: los que tenemos comida no queremos dársela”, acusa en su libro, con suma indignación, a los bien alimentados de este mundo.

Para desentrañar la raíz, el porqué de tales acusaciones, platicamos con el escritor del mostacho más inconfundible de las letras argentinas. Aquí la entrevista.

Creo que El Hambre es un texto híbrido, a medio camino entre la crónica, el ensayo histórico y el reportaje de fondo, ¿en tu opinión cómo definirías el género al que pertenece?

M.C.- La verdad es que no sabría cómo hacerlo, de hecho, me lo pregunto bastante, pero todavía no he conseguido una buena respuesta. Hay tres elementos que se entretejen en el libro, por un lado, las crónicas de las personas que sufren y tratan de paliar el hambre, por otro, la discusión y el análisis de por qué sucede, y en tercer lugar, la historia, una arqueología del hambre. Es una crónica que piensa o un ensayo que cuenta, no lo sé. Hace poco una amiga me decía que es un panfleto, y supongo que sí, es un panfleto narrado.

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El panfleto, sin embargo, goza de muy mala fama como género literario, ¿no crees?

M.C.- Yo reivindico el panfleto, a mí sí me gusta la palabra, porque en estos años de trabajo se confirmó mi convicción de que si hay hambre en el mundo es debido a un sistema económico-político lo suficientemente injusto como para producir y desentenderse del hecho de que hay 800 millones de personas que no comen lo suficiente. Cuando un escritor se convence de algo su deber es comunicarlo a los demás, y esta es la base del panfleto: uno le cuenta a los otros sus convicciones políticas para ver si se unen a su causa.

 ¿Este libro nace entonces de un compromiso ético de tu parte?

M.C.- Sí, llamémosle “compromiso ético”, es una definición posible. En algún momento del libro lo llamo egoísmo, esa sensación de querer hacer algo no por el otro, sino por uno mismo, porque no te soportarías a ti mismo si no lo hicieras.

Yo creo más en el egoísmo que en esas grandes generosidades que se esconden detrás de la palabra ética.

Escrito a partir de su incansable periplo alrededor del mundo, de su experiencia y contacto con hambrientos (gracias a Médicos sin fronteras) de regiones tan remotas como Bangladesh, Madagascar, Níger, Bombay o Sudán del Sur, El hambre de Caparrós ratifica su convicción política en tanto periodista y narrador: “como Voltaire o Zola, el intelectual debe usar su capital simbólico para intervenir en la cosa pública”.

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Además de sustentarse en los relatos y testimonios de primera mano, a veces desgarradores, de los efectos del hambre en sus entrevistados, el libro se nutre por igual de las vastas lecturas y la erudición filosófico-científica de su autor (quien consultó toda clase de artículos, estadísticas e informes de organismos internacionales) para exhortarnos y persuadirnos a cambiar de opinión y actitud con respecto al problema.

En consecuencia, frases tan escandalosas como “el futuro es el lujo de los que se alimentan” o ”más que nunca, no comer es la consecuencia de un mercado que dirige, concentra, excluye: hambrea”, adquieren una nueva dimensión, la cual apela no sólo a la sensibilidad del lector, sino también a su razón y sentido común.

El hambre, en este sentido, es más que un simple panfleto; es la crónica colosal acerca de una de las peores injusticias de nuestra época, en la mejor tradición de las Historias del primer milenio, del monje benedictino Raoul Glaber, el cronista de las hambrunas europeas del año mil.

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¿Cómo te explicas que, lejos de erradicarse, el hambre crezca día con día en el mundo?

M.C.- Básicamente porque no nos importa, porque los que tenemos voz y la posibilidad de expresarnos no sentimos que sea nuestro problema. Y en última instancia, porque también nos beneficiamos de la situación, la forma en la que vivimos en los países más o menos prósperos sólo es posible porque hay millones de personas en las naciones pobres que se mueren de hambre. Por ejemplo, detrás de la ropa que tú o yo compramos está el sacrificio de miles de mujeres en Bangladesh, que por menos de un dólar al día se medio matan de hambre para fabricarla.

En los países de Occidente, de hecho, el problema es el opuesto: una plaga de obesidad.

M.C.- Sí, hay una competencia reñida entre México y Estados Unidos por el primer lugar, aunque ahora mismo China viene cebando a paso redoblado y quizás los supere a los dos. Como lo expongo en el libro, la obesidad es la malnutrición de los países ricos, mientras que el hambre es la malnutrición de los países pobres. Donde hay prosperidad, los que no tienen dinero comen porquerías que arruinan su organismo. Entre los americanos es muy obvio que la gordura es un asunto de minorías y de clases sociales: negros, hispanos y blancos pobres son los más obesos por la sencilla razón de que se alimentan con lo más barato, el fast food, la comida basura.

Y en el caso de México es todavía peor, porque hay esta especie de imitación de la cultura americana, la cual contribuye a la falsa creencia de que alimentarse con comida rápida y gaseosas es un signo de estatus.

**Fotografía por Paola Toledo / @_cocotoledo**

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