Todos estamos dotados de un pasado, propio y ajeno, que forman a la persona en la que, con los años, nos vamos convirtiendo. Directa o indirectamente, estos pasados nos afectan y construyen nuestra identidad. Quiénes somos siempre dependerá, por lo mismo, de quienes fuimos y de dónde venimos. Y esto aplica no sólo en lo individual, sino también en lo colectivo.

Fernando Llanos es mejor conocido como artista visual, su obra a habitado el museo Guggenheim de Nueva York y ha estado presente en varios festivales de Montreal, Amsterdam y Berlín, entre otros. Para esta edición del Festival Internacional de Cine de Morelia, Llanos llega a la selección oficial de largometraje documental con la excepcional película Matria, un documental en el que el director devela, a través de un personaje de su pasado personal y su fascinante historia, fragmentos de la historia de México y el preocupante modus operandi de las élites políticas, sociales, culturales y familiares de un país caracterizado por la impunidad, la corrupción y el nepotismo. El eje conductor es la figura de Antolín Jiménez, abuelo del propio Llanos y dueño de una historia digna de contar.

Revolucionario tabasqueño, Antolín Jiménez peleó con el legendario Pancho Villa y eventualmente fue maestro masón, lo que lo llevó al mundo de la política nacional, en donde se desempeñó en varios cargos, llegando a ser 3 veces candidato a una diputación en el estado de Oaxaca (del que no es originario). La historia de Antolín es contada a través de fragmentos de su pasado, mismos que el director expone en primera persona al tiempo que la oculta historia de su abuelo se va revelando ante sus ojos y los nuestros. Insignias, panfletos, fotografías y demás memorabilia de su pasado acompañan los testimonios de la familia del director, quien se encuentra y nos enfrenta a una caja de pandora llena de memorias ajenas que de inmediato cuestionan los propios orígenes del director, quien desobediente a las peticiones de sus familiares (a quienes escuchamos disuadirlo de seguir investigando en mensajes de grabadora telefónica) decide ahondar en la historia de Antolín. De esta manera, poco a poco el espectador descubre que el personaje principal, un astuto político con pasado militar, también se desempeñó como miembro de la charrería, ese sector tan relacionado a la élite nacional. Y es justo aquí que la historia de Antolín tiene un vuelco que ni al mejor guionista de Hollywood se le hubiera ocurrido hacer verosímil.

Con testimonios gráficos y materiales, pero también a través de algunas entrevistas de la gente que lo conoció mejor (el director lamenta no haberlo conocido y por lo mismo no tener ni una fotografía de los dos juntos), Matria eventualmente nos lleva a conocer “La Legión de Guerrilleros Mexicanos”, una organización liderada por el propio Antolín Jiménez (quien sabía de logias por su involucramiento masónico) cuyo objetivo fue el entrenamiento de 100 mil charros para repeler una posible invasión nazi en México. La alucinante historia de este revolucionario/político/charro/masón impresiona no sólo por el increíble relato de una vida abrumadora y vivida en secrecía, sino por cómo sirve de radiografía para el análisis de una nación con un avance horizontal, en el que pertenecer a las cúpulas de poder y éxito depende de saber aliarse con la gente “indicada” y moverse en un mundo de influyentismos excluyentes.

moreliaw

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