Por Carolina González

Felisberto Hernández era pianista y escritor. Aunque es más reconocido por su obra literaria, es innegable que su escritura no es ajena a la música. La narración El caballo perdido evoca la presencia de la música ante el vacío, ante la imposibilidad de traer al presente algo que no está. A pesar de estar consciente de la dificultad de enunciarse en palabras que lo expliquen, que enuncien el ser de las cosas, el narrador traza con sus letras y se aproxima a la silueta vaga y difusa del pasado.

“Primero se veía todo blanco”, son las palabras que dan inicio a El caballo perdido; éstas no presentan un vacío sino un silencio. La blancura precede las clases de piano del narrador, suspende la espera de Celina, su maestra de piano, presiente la música y más tarde, los recuerdos.

52029971

A la manera de los golpes y espasmos musicales que ocurren en Petroushka, el recuerdo entra de manera repentina e impetuosa en la escritura del narrador. En el ballet, el mago y sus marionetas invaden la fiesta de la ciudad, como el recuerdo que aparece en el momento más inesperado con potencia contenida.  “Ha ocurrido algo imprevisto y he tenido que interrumpir esta narración. Ya hace días que estoy detenido. No sólo no puedo escribir, sino que tengo que hacer un gran esfuerzo para vivir en este tiempo de ahora, para poder vivir hacia delante. Sin querer había empezado a vivir hacia atrás y llegó un momento en que ni siquiera podía vivir muchos acontecimientos de aquel tiempo […] al final había perdido hasta el deseo de escribir. Y ésta era precisamente, la última amarra al presente”.

Las cuerdas que le anclaban se desatan y el narrador comienza a vivir en otro tiempo, en el tiempo de lo anterior. “Su voz también debía tener gusto a ella; pero ahora yo no recuerdo directamente nada que sea de oír; ni su voz, ni el piano ni el ruido de la calle: recuerdo otras cosas que ocurrían cuando en el aire había sonido. El cine de mis recuerdos es mudo. Si para recordar me puedo poner los ojos viejos, mis oídos son sordos al recuerdo”.

54063facde990

En la narración, las sensaciones, imágenes y colores están reducidos a la ruina. Sus recuerdos son despojados de atributos emocionales y presentados como una marioneta manejada por los hilos de la imposibilidad. Tal como le ocurre a Petroushka al ser “asesinado”. Privado de movimiento y vitalidad, el mago muestra un despojo de lo que alguna vez fue aquel muñeco. Si bien su imagen está desprovista y es un objeto, un artefacto –como lo es la escritura del recuerdo en la narración de Felisberto Hernández– aunque exista la prueba, aunque el mago exponga el fardo atroz en que Petroushka se ha convertido, su fantasma, el recuerdo de lo real, aparecerá al final de la obra mostrado que, incluso sin artificio, él existe. El fantasma es el Petroushka verdadero, y su aparición al final hace que el Petroushka de la farsa anterior no sea más que un muñeco. Sus gestos no son de trinfo, ni de protesta, sino una burla irónica para el público. Pues Petroushka se mantiene vivo en la memoria, así como Celina, los muebles y la infancia del narrador en el angustiante mar de sus recuerdos.

Ilus_gutierrez_04_600

Tanto Stravinsky como Felisberto repletean el mundo a partir del silencio y la ausencia. Así como el primero se reveló al drama lírico y compuso a través del intervalo creando una secuencia sin correlato, Felisberto apostó por los vacíos en la narración, espacios entre una imagen y otra. De tal manera que en su obra no se trate de llenar espacios de indeterminación sino de colocarse en su inquietante orilla.

Petroushka tiene un final siniestro como si quisiera mostrar que el carácter fantasmagórico, espectral, del recuerdo permanece tan sólo en la imagen, en el vestigio, en la fotografía que también con el tiempo terminará por desvanecerse del todo.

“Pero yo sé que la lámpara que Celina encendía aquellas noches, no es la misma que ahora se enciende en el recuerdo. La cara de ella y las demás cosas que recibieron aquella luz, también están cegadas por un tiempo que se hizo grande por encima del mundo. Y escondido en el aire de aquel cielo, hubo también un cielo de tiempo: fue él quien le quitó la memoria a los objetos”.

img008

Los recuerdos miran de manera oblicua al narrador de Felisberto, lo atraviesan como si hubiese algo detrás de él, “son como rostros de locos que hace mucho olvidaron el mundo”. Aquellos espectros no le pertenecen como tampoco le pertenecía Petroushka al mago.

Es imposible resguardar a la realidad del tiempo. Aunque se atesoren las imágenes y se despoje a los recuerdos de sus ventanas, existe algo irrecuperable, algo que sólo puede reconstruirse. “Ahora yo soy otro, quiero recordar a aquel niño y no puedo. No sé cómo es él mirado desde mí. Me he quedado con algo de él y guardo muchos de los objetos que estuvieron en sus ojos; pero no puedo encontrar las miradas que aquellos habitantes pusieron en él.”

img003

 

Facebook Comments
Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on Twitter0Email this to someone