Por Mayra Verdín

Desde sus inicios, la sociedad se ha caracterizado por construirse bajo diferencias. En la continua búsqueda del desarrollo, ésta ha establecido la competencia como punto de crecimiento, y la historia nos lo comprueba. Esto es que, dichas diferencias generan un fenómeno cultural en más de un sentido: la conformación de países y culturas.

El seis de abril se conmemoran veintidós años del genocidio Ruanda. Michael Mann, historiador, calcula que a lo largo de la historia el genocidio ha ocasionado más de sesenta millones de muertes. Esta palabra -proveniente de la raíz griega genos (“familia”, “tribu”) y el vocablo latino cidio (“matar”)- se debe entender como el exterminio sistemático de determinado grupo social por cuestiones de raza, etnia política y nacionalidad.

El genocidio siempre está vinculado a ideologías.

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El hecho más significativo fue el combate entre tutsis y hutus, que durante años han conformado armadas propias. Ruanda es un país de elevada densidad demográfica que se encuentra en los Grandes Lagos en África oriental y su diferencia étnica la ha colocado en una disyuntiva social.

El primer suceso violento ocurrió en 1959. Desde entonces la desigualdad se intensificó en 1973 y 1994. La discrepancia más importante es la falta de acuerdo para poder compartir el poder, aunado al hecho de que ambas culturas necesitan de la tierra para su crecimiento social. Algunos historiadores han concluido que los tutsis tienen miedo al exterminio, y los hutus a la explotación.

Ruanda se ha caracterizado por arrastrar en su historia años de manipulación, así como la insistencia del dominio en más de un sentido. Heredó año con año la ambición de poseer tierra y añejó sus diferencias sociales en la espera del poder.

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En 1994, los hutus, valiéndose de artefactos primarios de ataque: hachas, mazos y machetes, convocaron un movimiento criminal. El avión que transportaba al presidente ruandés, miembro de los hutus, fue derribado. Horas más tarde, los tutsi serían asesinados por la toma de poder hutu. En cien días murieron más de 800 mil personas.

Casi 11% de la población del país fue asesinada en tan sólo 100 días en 1994. El millón de víctimas que pereció, pertenecía a la etnia tutsi, que desapareció en un 85% a manos de los hutus.  Dicha situación generó cinco meses de desgracia donde el 85% de la población hutu pretendía exterminar a la población tutsi; situación que generó angustia económica por la falta de tierras.

PUNTO-DE-VISTA

Después de ello, el país quedó tan afectado que la pobreza iba en aumento; Ruanda pasó de aquel escándalo social a una pausa total en su desarrollo: los problemas se potencializaron y la desgracia se asentó. No existe ninguna propuesta de reconciliación, sin embargo, se ha estado trabajando la reconstrucción de hogares.

Visto de los intereses políticos, este escenario es menos crudo de lo que realmente es, pues las pérdidas no serían nada más que el deseo de poseer territorio y la posterga de una victoria; pero cuando se aprecia desde la conciencia humana se percibe mucho más que una cifra grande que encabeza notas periodísticas, se habla de una desgracia convertida en un fenómeno mediático que cruza la barrera del asombro y de la realidad. ¿Qué pasaría si se le quitara al “suceso como tal” el escenario político social y mediático?

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