“Swift as a shadow, short as any dream, brief as the lightning in the collied night”

William Shakespeare

Hoy se cumplen dos meses de una profunda tristeza y orfandad: la muerte de Ignacio Padilla. La pérdida de este entrañable escritor, amigo y maestro es indescriptible. Es algo de lo que muchos no sabremos reponernos jamás.

Conocí a Nacho cuando tenía 18 años y no tenía ni idea (aún no la tengo) de qué era la literatura. Una catedrática del departamento de Letras de la UIA me preguntó presumiendo: ¿ya conoces a nuestro Sófocles Ignacio Padilla? Lo primero que me resaltó de esa pregunta fue el “nuestro”. El uso de esa palabra estaba justificado y lo comprendí en cuanto lo conocí. Nacho era un extraordinario conversador. Era transparente. Era de todos. No dudaba en compartir sus historias y sus conocimientos editoriales, literarios y desde luego humanos. Su escritura y su hablar mostraban sus demonios. Monstruo (de “monstrare”) era una de sus etimologías favoritas. El “Sófocles” también estaba bien apuntado; al igual que el dramaturgo griego, Nacho había sido galardonado con una cantidad avasallante de premios. Pero esos premios para él no eran suficientes, siempre estaba preocupado por ser más preciso, ser más fiel al lenguaje.

Decidí ir a conocer a Nacho primero a la biblioteca. Saqué Amphytrion y lo consumí cocainómanamente. Así que volví a los pocos días para sacar algún otro de sus múltiples e ingeniosos títulos y encontré un compendio de cuentos antologados por Aldvs en el cual la cuarta de forros decía: “Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968). Ha sido estudiante en Edimburgo, pornógrafo en México, cervantista en Salamanca, diplomático en Londres y reo de muerte en Tanzania”. Después de leer aquello, volteé el ejemplar para rectificar que estuviera por sacar un libro de Ignacio Padilla y no una edición de las biografías infames de Borges. Pero no. Estaba en lo correcto. Esa era la vida de Nacho, era como la de los espeleólogos a los que tanto admiraba. Nacho, como Daniel Boone, se dedicaba a descubrir la grandeza. Él exploró hasta el último segundo los resquicios ocultos y maravillosos de la realidad, espacios que expuso con genialidad en su literatura.

Cada día estaba más intrigada por aquel escritor que parecía más personaje que persona. Finalmente, me inscribí a su clase sobre Don Quijote de la Mancha. Ésta era la narración y la explicación de un íntimo amigo de Cervantes. Nos relataba la vida del Manco de Lepanto con una emoción imborrable. Pero lo mejor eran los minutos de “sobremesa” en donde hablaba de lo que él mismo denominaba “Datos Nachito”, datos sobre el origen de las palabras, las conspiraciones literarias, los rumores editoriales o bien, las historias truculentas o graciosas de nuestros más queridos escritores. Su clase era cautivadora, era indistinguible el Ignacio Padilla narrador y el cervantista. Su manera de hablar era la de un cuentista puro, la de un “físico cuéntico”.

Años después decidí que mi proyecto de titulación sería sobre Roberto Bolaño. Sin pensarlo, fui directamente con Nacho, él había conocido a Roberto. Cuando le conté mi proyecto, inmediatamente sacó dos libros de los desordenados libreros de su oficina y me dijo emocionado: léelos y cuando los acabes te invito a comer. Los leí rápidamente más entusiasmada por esa comida que por los contenidos de mi tesis. A penas una semana después me paré en su puerta y me dijo: ¿nos vamos, madame?

Esa comida la recuerdo con la claridad de un aguafuerte. Me contó su primer plática con Bolaño en Blanes. Me relató con un misterio de conclave: el encuentro de escritores latinoamericanos convocado por Seix Barral en Sevilla en 2003. Me contó un mal chiste que le había contado Bolaño y me narró los falsos rumores sobre el escritor chileno. Después, se dedicó sólo a preguntarme cosas sobre mí y la escritura. Me veía como un igual cuando yo me sentía un roedor tomando cátedra con un tigre. Para Nacho, los títulos sobraban. Lo que a él le importaba era la literatura. Nada más. Cuando estábamos por concluir ese encuentro me dijo: Espera. No puedes irte sin saber por qué todos los osos son zurdos. Hablar con Nacho era entrar de lleno al mundo. En menos de dos horas, Ignacio había logrado hacer mi realidad más grande y más bella.

Como esa comida hubo muchas. Siempre me contaba de la FIL, del Cervantino, de su literatura, de su familia, de sus historias fallidas, de sus viajes, de sus planes y desde luego, siempre teníamos minutos apartados para Datos Nachito. Nuestras comidas se alargaban y cada vez se nos acababan los cigarros más rápido. Una tarde, Nacho dio en el clavo con algo que yo ignoraba: yo quería escribir y él iba a enseñarme. Iniciaron las clases inmediatamente. En la escritura siempre debes pensar que vas tarde, me decía. Nacho se levantaba diario a las 5:00 am para escribir, así que comencé a hacer lo mismo. Yo escribía y él corregía y nos juntábamos en el Giornale de Santa Fe para discutir. Había sólo una regla: cuando yo pagaba él debía contarme un chisme literario y cuando él pagaba yo debía escribir el doble.

Cuando lo veía, si no traía puestos los lentes me decía: ¡ponte los lentes, eres una escritora! Para él la literatura estaba en todos lados y había que estar muy atento para encontrarla. Nacho era capaz de tejer una historia en cualquier lugar en menos de una bocanada de sus Marlboro rojos. Su entusiasmo frente a la literatura era irremediablemente contagioso. Un día me dijo que tenía una pregunta que hacerme con base en algo que había leído: cuando eliges tu asiento en un avión, ¿en dónde prefieres sentarte: ventana o pasillo? Le contesté que sin duda prefería ventana. Mi respuesta lo tranquilizó, me sonrió y me dijo: no has perdido la juventud, entonces; no la pierdas nunca. Nacho era fresco, tenía una juventud irradiante incluso a sus 48 años. No dejaba que la vida se le escurriera por los dedos a menos que fuera tinta sobre papel.

Nuestra última comida fue el último miércoles de junio. Acababa de regalarme Las fauces del abismo y me dijo entre risas que me cambiaría una crítica por un autógrafo. Lo leí y le expliqué mis juicios; a cambio me escribió: “Para Valeria, sirena entre monstruos, cómplice entrañable, siempre”. Ese siempre resuena hoy más que nunca.

En mi escritorio tengo los libros que más comúnmente uso o que considero los libros base para sobrevivir al día con día. Hoy pongo entre ellos el bestiario de Nacho para nunca despedirme de él, para seguir corrigiéndome y para continuar buscando en lo cotidiano las grandezas de la vida como él me enseñó.

Ignacio sabía que su Micropedia, su proyecto de cuentos, jamás sería completado y tenía razón, su imaginación desbordaba el tiempo terrestre. Sus palabras, sus cuentos, sus consejos, su voz siniestra pero dulce, su sonrisa franca, todo se queda entre nosotros. Me rehúso a pensar el mundo sin el paso firme de Ignacio Padilla. Nacho es de este y todos los universos, así que espero que en algún pueblo perdido de Alemania él esté escribiendo bajo el nombre de Thadeus Dreyer. Espero que esté buscando en alguna gruta bestias ocultas. Espero que mi querido amigo y maestro esté abogando por el retorno de sus majestades, yo estaré abogando por el suyo.

Texto: @vil_val

 

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