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Por: Ricardo González /@Dr_rigo_mortis

“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.”

George Orwell, Rebelión en la granja (1945)

 

En 1954, a casi 100 años de la abolición de la esclavitud, Estados Unidos continuaba inmerso en la segregación racial. Los vecindarios, los espacios públicos y los privados también, tenían como destinatario un color de piel específico. La discriminación era evidente, la utilización de pequeños letreros indicaba que el baño público, el bar, la butaca en la sala de cine o iglesia, estaban destinados para las “personas que no son blancas”.

Seguramente la edad le impedía entender las explicaciones que le daban. Linda Brown, una estudiante de tercer año, tenía que caminar y viajar en autobús diariamente para asistir a clases. Había escuelas más cercanas, pero estaban destinadas para las niñas blancas.

El padre de Linda, cansado de ver que sus dos hijas eran discriminadas, decidió sumarse a la ofensiva legal que organizaba el ejército de abogados de la naacp (National Association for the Advancement of Colored People National), cuyo objetivo era inundar las cortes estadounidenses con demandas en contra de las instituciones públicas (en especial escuelas) que observaban la doctrina “separados pero iguales”. La familia Brown, junto con otras 150, enfrentaron un batalla que duró casi tres años, y que concluyó con el fin de la segregación racial como política de gobierno en los Estados Unidos.

La decisión de la Suprema Corte golpeó fuertemente el equilibrio de poder en los Estados Unidos, al punto que hubo estudiantes que tuvieron que ser escoltados por la Guardia Nacional para ingresar a las escuelas que hasta entonces estaban reservadas para personas blancas. Sin lugar a dudas, una de las victorias decisivas del movimiento por los derechos civiles en la década de los 60. Sin embargo, años más tarde quedó claro que no bastaba con eso para revertir los patrones de marginación y exclusión que persistían (y persisten), disfrazados de idiosincrasias culturales, curiosidades locales o inclusive como rasgo de refinamiento y buenos modales.

Hasta el día de hoy, especialistas y académicos señalan la existencia de un “techo de cristal” en el desarrollo de las comunidades afroamericanas. Cada vez más sutil, pero con la inercia de marginación y exclusión construida a través del tiempo, y que no puede ser corregida exclusivamente desde un corte de justicia.

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Entre abogados te veas…

El recorrido diario de Linda Brown y su hermana fue el ejemplo perfecto para dar rienda suelta a los abogados que buscaban revertir la discriminación racial en contra de la población negra. Después del caso Brown contra la Junta de Educación de Topeka, vinieron otros que buscaban arrinconar a las instituciones y grupos políticos que defendían los resabios de los tiempos de la esclavitud. En 1955, Rosa Park llevó su caso hasta la Suprema Corte luego de ser encarcelada al negarse a ceder su asiento a un hombre blanco mientras viajaba en el transporte público. En los años siguientes, los liderazgos del reverendo Martin Luther King Jr., Malcom X y Dred Scott dieron forma y sentido al movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos. El resto es historia.

Si bien las historias de Linda Brown y Rosa Park son sumamente conmovedoras y sirven como ejemplos claros de la marginación que vivían las personas negras en Estados Unidos durante esa época, resulta justo reconocer que ellas fueron un medio para instrumentar la estrategia de un ciento de abogados, la cual además estaba mezclada con los vaivenes de las relaciones políticas al interior de la comunidad negra y que incluía desde las concepciones progresistas cristianas hasta aquellas musulmanas que rechazaban la posibilidad de una reconciliación entre blancos y negros. Pasando, obviamente, por las posturas seculares y comunista que reconocían a las comunidades negras como agente central de la revolución proletaria en la construcción del comunismo.

Linda era muy pequeña para entender el alcance de la denuncia que había interpuesto su padre en su nombre. En cuanto a Rosa Parks, a pesar de que muchos historiadores le han concedido un lugar prominente dentro del movimiento, existen fuentes que la ubican con una “costurera común”. De hecho, en 1999, Parks intentó demandar en varias ocasiones al grupo Outkast en busca de regalías por haber utilizado su nombre en una canción que, de hecho, pretendía hacerle un homenaje. La lucha por la igualdad racial efectiva en Estado Unidos se libró en varios planos, incluyendo el simbólico, los cuales consumieron a sus protagonistas e  inclusive cobraron la vida de varios; tal fue el caso del Martin Luther King Jr. y Malcom X, quienes fueron asesinados por opositores al movimiento.

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Más allá de los símbolos, la igualdad

La idea de la igualdad aterrizada en casos concretos a través del litigio en las cortes, echó raíces casi de inmediato. Primero el gobierno de John F. Kennedy emitió en 1964 un decreto que giraba instrucciones a todas las dependencias de gobierno para que tomaran “acciones afirmativas para asegurar la igualdad de oportunidades laborales”. Cuatro más tarde, el presidente Lyndon Johnson profundizó en la visión de un gobierno que apuntaba a revertir de manera activa los lastres del racismo y la inequidad:

“No sólo hay que buscar la equidad jurídica(…) sólo la igualdad como un derecho y una teoría sino la igualdad como un hecho y un resultado.”

La idea de una promoción y garantía activa de la igualdad ya no sólo incluye el tema racial; también ahora en Estados Unidos se discute la inclusión y apuntalamiento de las oportunidades de personas con orientaciones distintas a la heterosexual, las personas con discapacidades y las mujeres en general. Sin embargo, existen grupos políticos conservadores y académicos que ponen en tela de juicio los beneficios de las acciones afirmativas o políticas de discriminación positiva. Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Princenton de 2005, evidencia que este tipo de políticas sólo benefician a las clases medias y altas de las comunidades afroamericanas, y no a aquellos sectores verdaderamente marginados.

Hace unos años, Abigail Fisher, una estudiante blanca de Texas demandó a la Universidad de Texas en Austin, debido a que no fue admitida como estudiante bajo el argumento de que varios de los lugares están reservados para estudiantes que garantizaran la “diversidad racial” a la que aspiraba la institución. El caso se encuentra bajo revisión de la Suprema Corte.

El debate continúa, y seguramente se mantendrá así por décadas. Mientras, los patrones de exclusión se van diversificando y sofisticando al punto que para muchas personas pueden pasar inadvertidos.

Más allá del debate teórico o exclusivamente legal, es innegable que para revertir la segregación y la exclusión, los gobiernos tienen que dar pasos concretos en este sentido. Naciones como Reino Unido, Suecia y el resto de los países escandinavos, Sri Lanka, China, Tailandia, Brasil, Canadá y muchos otros, han adoptado medidas semejantes a la acción afirmativa estadounidense.  No causa sorpresa que en esta lista no aparezca México, uno de los países con una marcada desigualdad de las comunidades indígenas respecto al resto de la población. Tal vez esto se deba a que para impulsar una política en este sentido, primero se tendría que aceptar una dolorosa verdad: México es un país racista en donde ser indígena es sinónimo de pobreza material y falta de oportunidades.

Mientras tanto, las comunidades afroamericanas y otras históricamente excluidas continúan la lucha por la igualdad efectiva. Ahora revueltos, pero aún desiguales.





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