Internet ha muerto. El pánico me ha sugerido buscar las causas: ¿ha muerto para todos o sólo para mí? ¿Se trata de una avería en mi línea o es una crisis mundial? No vivo en un país como Siria, Libia o Egipto, en donde los gobernantes pueden dejar fuera de línea a la población con una orden; no, vivo en un país con una democracia en construcción y con un fervor, cada vez mayor, por internet y las redes sociales ¿Qué está pasando?

Salgo a la calle, en el aire se respira miedo, las aceras vacías, nadie circula por las avenidas y los árboles destellan colores grisáceos, cenicientos. Poco a poco, el eje vial comienza a llenarse de personas que, como yo, están desconcertadas. Uno de los vecinos me pregunta visiblemente preocupado: “¿ha muerto?” mientras observa con atención los cables, atónito. Pese a ser los mismos, esos cables ya no se miraban igual. Decidimos ir a alguna plaza compartir nuestro temor con más personas; allí, algunos uniformados nos dieron volantes fotocopiados confirmando la noticia: se nos sugería regresar a nuestras casa y prender la televisión en un canal abierto.

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Nunca había tenido televisión, siempre me pareció un medio de comunicación antinatural, ni siquiera de pequeño fui aficionado, aunque veía las caricaturas de la época que, hasta hace unos días, veía a través de Youtube. Me dirigí a casa de mi vecina a la que sólo conocía por correo electrónico, pues le rento el cajón de estacionamiento para su segundo auto (cosa que me parecía un horror). Frente a la pantalla, todos esperábamos algún mensaje que nos diera indicios de qué hacer. De pronto apareció el presidente en cadena nacional para informarlo: ha muerto. Además enumeró los servicios que dejarían de operar por un tiempo, las oficinas del gobierno en sus tres niveles y poderes cerrarían hasta saber qué hacer ante la crisis.

Después del fiasco del Y2K, a cualquiera que hubiese predicho la muerte de internet lo habrían ignorado como a Casandra. El sistema había sustentado su progreso en una esfera hueca; todo estaba conectado, todos estábamos conectados: las bolsas de valores, lo bancos, los sistemas policiacos, los supermercados, aduanas, puertos y hasta los refrigeradores funcionaban con internet; el mundo físico virtualizado y desdibujado de los límites entre ambos mundos que eran uno.

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La ciudad quedó en silencio, ha pasado una semana desde el anuncio, y nadie sabe qué hacer —yo permanecía guarecido imaginando cómo reconectarme—, el gobierno no ha podido restablecer su sistema burocrático, los bancos están tratando de ordenar el dinero sin la dimensión digital y de conexión, muchos aparatos ahora sirven parcialmente o definitivamente no tienen ningún uso al encontrarse fuera de línea. Sin darnos cuenta había sido el cambio cultural más grande de la historia de la humanidad, nadie parecía estar informado, y los rostros con miradas desorbitadas parecían revelar que se han quedado sin amigos.

Pensé que esto debía tener solución, el mundo estaba paralizado y no lo sabía. Emulando a Otto Lidenbrock, emprendí un viaje al centro de internet, algunas lecturas, como la de Andrew Blum, me habían dado pistas de dónde empezar y a quién buscar; sin embargo, mi expedición resultó infructuosa: en las interconexiones, centros de datos y terminales de servicio no había ni un dato transportándose, ni una señal luminiscente en los routers o fibra óptica.

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Mi viaje no había resultado. Sin embargo tras varias semanas viajando, al regresar me encontré con un panorama distinto: las personas en mi barrio ya no lucían aterradas, por el contrario, su expresión era feliz y radiante, había algo sospechoso en este cambio tan repentino. Tenía la intuición de que se trataba de un momento fugaz, aunque debo confesar que era irresistible: los niños y jóvenes jugaban en los parques, en las mesas de los restaurantes todos se miraban a los ojos y las conversaciones se extendían por largas horas y sin prisas. Las personas leían durante horas, los diarios impresos volvían a ritmos inimaginables, en general la estética de lo que parecía una nueva época era menos volátil, la realidad tangible había sustituido rápidamente a las pantallas y su efímera aunque permanente proyección.

Todo mundo parecía estar feliz, los siguientes seis meses sucedieron en la misma tensa alegría. La desconexión del mundo había devuelto cierto aire retro a la ciudad, a las ciudades, éramos retrovanguardistas, todos los días intentando sacar provecho de esta nueva libertad cuyo génesis se hallaba en la muerte de internet, día que cada vez parecía más lejano y época que, frente a la avalancha de felicidad y cariño, se asemejaba a nuestros nuevos años oscuros. El oscurantismo digital.

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La nueva época duró muy poco. De pronto esa liberación del yugo digital se transformó en una escena horrorosa: al correr la venda de los ojos, el tedio era visible, enfrentarse a máquinas que se creían caducas, parecía absurdo, y tras el nacimiento de la Policía Anticonexión, una nueva inquisición se apoderaba de la nueva vida, nadie podía ser nostálgico de la conectividad. Esta policía estaba dispuesta a cazar incluso nuestros pensamientos. El miedo volvió, cualquier cosa que pareciera regresar a la época en red era censurada y atacada, el nuevo sanedrín defendería la nueva libertad y felicidad de la comunidad.

El aislamiento era evidente. Se abandonaron los parques y las calles para encerrarse en casa. Las familias, antes acercadas por la tecnología, esperaban impacientes las cartas y dejaron de escribir; la nueva fuerza social proveniente de la organización en las redes del ciberespacio se apagaba sin remedio, los gobiernos devinieron en tiranías sin contrapesos. Si el utopismo tecnológico parecía ser dañino, el efecto contrario estaba causando estragos, nada podíamos conocer del otro, los costos de transacción de información se habían elevado de tal manera que era imposible comunicarse sin pagar cuotas y solicitar salvoconductos.

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Lo que parecía la ficción de la virtualidad era más real de lo que pensábamos. La añoranza era inevitable para una generación que había observado revoluciones instantáneas y desastres naturales en el instante desde donde fuera. Entonces alguien recordó que internet se trataba de un acuerdo, un acuerdo entre personas que, a partir de una tecnología simple y la confianza, transportan datos. Recuerdo que esa reafirmación me llenó de lágrimas, volvimos a salir a las calles, pero con dirección a los túneles y centrales eléctricas. Teníamos el sueño de volver a conectar al mundo; no era tan difícil y las consecuencias parecían menos graves, toda la deshumanización atribuida a internet parecía inocua ante lo espeluznante de la desconexión. Habíamos llevado con nosotros un módem con transistores a simple vista y algunos cables. Entramos clandestinamente a donde se encontraban computadoras y muchos cables, era un cuarto oscuro y húmedo. Con una terminal construida en casa, comenzamos a hacer las pruebas y parecía que fallaríamos. De pronto, un par de ruidos sucedidos por otros más. Al voltear, el salón se había iluminado con luces verdes intermitentes, resplandecientes.

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