Desde un punto de vista profesional y laboral, Julio Cortázar fue primero traductor que escritor. En su historial de publicaciones, la primera obra literaria que publica es Bestiario, en el año de 1951. En cambio, su carrera de traductor empieza en 1937 en la revista francesa Leoplán, traduciendo después su primera novela, Robinson Crusoe, en 1945, y siguiéndole a ésta otras obras literarias (Chesterton, André Gide, las cartas de Keats, los cuentos completos de Edgar Allan Poe) para la Cámara Argentina del Libro. En este lapso de tiempo obtiene en 1948 el título de traductor oficial para la UNESCO, y en 1951 se muda a París como traductor independiente (literario y para la UNESCO).

Claramente, Cortázar escribía durante ese tiempo, simplemente no lo hacía de forma pública. La exposición histórica de arriba es tan solo, desde mi punto de vista, una evidencia, o una pista, de cómo la traducción afectó a su obra, y me resulta ésta bastante interesante al haber leído fragmentos de la entrevista con Ernesto González Bermejo, publicada en Conversaciones con Cortázar.

En la entrevista empiezan charlando acerca de cómo Cortázar se inició en la poesía a los ocho años, escribiendo desde esa edad poemas perfectamente rimados y en endecasílabos. Dice: “Como siempre tuve obediencia a los ritmos, al sonido rimado de las palabras y de las cosas, esos poemas, espantosos como contenido, perfectamente cursis, inocentes y sin ninguna importancia, estaban perfectamente medidos y perfectamente rimados.” Y comenta que su transición a la prosa fue difícil, ya que no podía encontrar en ésta el ritmo que le daban los versos: “Quise empezar una novela y me tranqué; no podía avanzar. Escribir en prosa me resultaba, ¿cómo decirle?: grosero; no encontraba el balanceo del verso.”

Cuándo González Bermejo le pregunta cómo fue ese paso a la prosa, Julio Cortázar menciona que la práctica le mostró el propio ritmo de la prosa, y que eso le ayudó a escribir con más fluidez. Pero, más allá de eso, me atrajo bastante su posterior descripción de la traducción en relación a lo que descubrió del ritmo y la prosa. Muestra, a mi parecer, una forma bella de ver la traducción, más allá de los tecnicismos lingüísticos y semióticos. Explica: “La traducción me resulta fascinante como trabajo paraliterario o literario en segundo grado. Cuando uno traduce, es decir, cuando no tiene la responsabilidad del contenido del original, su problema no son las ideas del autor porque él ya las puso allí; lo que uno tiene que hacer es trasladarlas y, entonces, los valores formales y los valores rítmicos, que está sintiendo latir en el original, pasan a un primer plano. Su responsabilidad es trasladarlos, con las diferencias que haya, de un idioma al otro. Es un ejercicio extraordinario desde el punto de vista rítmico.”

Latir, latidos. Palabras y oraciones que laten en el original y que se trasladan al otro idioma. Es realmente bello observar a la página como un corazón que late y produce un ritmo único, un ritmo de prosa. Es entonces el ritmo, por lo menos en esta conversación, el eje que sostiene las prosas de Julio Cortázar, y es la traducción una de vías que lo llevó a sentirlo y vivirlo con más fuerza.

No me sorprende que Cortázar haya publicado sus obras después de haber practicado por mucho tiempo la traducción, sobre todo si leemos el consejo que le dejó a los jóvenes escritores:

Yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tiene dificultades de escritura, si fuese amigo de dar consejos, que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura, y un día se va a dar cuenta que él puede escribir con una soltura que no tenía antes.

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