La noticia desde el día anterior era la inminente amenaza de Patricia y, desde los primeros minutos en Morelia, ésta se hizo presente. Cielos nublados, llovizna y vientos fríos, a diferencia de las soleadas tardes que suelen acompañar el festival, contrastaron con la bienvenida con la que la ciudad michoacana suele recibirnos.

Pronto oscureció y llegó el momento de la ceremonia inaugural. La película que abrió, La Cumbre Escarlata, la más reciente del mexicano Guillermo del Toro, a pesar de la expectativa causada por su estreno fue el pretexto de un desangelado evento que, sumado al gris horizonte que el cielo lluvioso dibujaba, se vio afectado por la ausencia del director quien (rumores más, rumores menos) bien podría no estar aquí por razones de salud o inseguridad.

La Cumbre Escarlata se perfilaba como el regreso de aquel del Toro que, con películas como Cronos, El Espinazo del Diablo y El Laberinto del Fauno (todas habladas en español), ha logrado mezclar a la perfección su fascinación por las criaturas y mundos fantásticos con historias más propositivas que las que sus trabajos más comerciales (Hellboy, Blade o su anterior Pacific Rim) representan. Pero no fue así.

La historia de La Cumbre Escarlata es (decepcionantemente) tan básica como el desarrollo de los personajes que la protagonizan. Situada en un gótico escenario que lleva a Edith Cushing (Mia Wasikowska) de Buffalo, EU, a Inglaterra, durante los inicios del siglo XX y después de ser heredera de una fortuna, la película arranca con el recuento de su romance con el galante y misterioso Thomas Sharpe (Tom Hiddleston), un hombre obsesionado con desposarla apenas su padre es asesinado.

Es así que, durante los primeros y muy aburridos 40 minutos, la nueva película de del Toro se enfoca en el triángulo amoroso que nace apenas Edith (la muy acartonada Wasikowska) decide mudarse con Sharpe (Hiddlestone, efectivo y no más) a una casa situada en las alturas de la montaña que titula la película, eligiéndolo por encima del médico Alan McMichael (Charlie Hunnam, quizá en su papel más irrelevante), con quien su padre (el sensacional Jim Beaver) durante años trató de emparentarla.

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Y es quizá a partir de ahí, de la llegada del nuevo matrimonio a la denominada cumbre escarlata (que gracias a una inexplicable fuga de arcilla roja debajo de la casa tiñe la nieve como si de sangre se tratara) que la película empieza a mostrar a del Toro en territorio familiar y, por lo mismo, en mayor control de la fantasmal historia que acompaña su estancia en la extraordinariamente diseñada casa donde, en compañía de su malévola hermana (Jessica Chastain, la mejor del elenco aunque víctima de un caricaturesco personaje antagónico), pronto descubrimos que se trata de una familia de cazafortunas.

Es entonces que, contra todo pronóstico y expectativa, La Cumbre Escarlata se torna en un empalagoso y predecible melodrama que, aunque fabulosamente engalanado por un diseño de vestuario y producción, así como de la siempre maravillosa dirección de fotografía que acompaña todos los trabajos de Del Toro, nunca logra deshacerse de su genérico tratamiento o sus fallidas escenas de horror. Y aunque La Cumbre Escarlata tampoco es una película desechable u olvidable, me atrevo a decir que (tomando incluso en cuenta Mimic) se trata de su película menos efectiva. Y aunque sí se trata de un claro ejemplo de los alcances que el imaginario del director mexicano puede alcanzar en términos visuales y conceptuales, es una pena que se trate también de una prueba fehaciente de que quizá del Toro (quien co escribió el guion con Matthew Robbins) debería dejar sus talentos al servicio de la dirección y seguir dependiendo de material escrito por alguien más.

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