La imagen de Totó siendo regañado por Alfredo al entrar en la cabina del cine del pueblo en Cinema Paradiso (1988) permanece en la memoria colectiva de los cinéfilos al ser un retrato fiel de la añoranza por el celuloide. Los hermanos Lumière no veían futuro para el invento, que concebían como un espectáculo más de feria. Desde entonces, el lenguaje cinematográfico ha cambiado a lo largo del tiempo. La forma en la que se cuentan historias no corresponde con la simple captura de momentos comunes, como en La sortie des usines Lumière (1895).

Pero hay un elemento en todo esto que desde el comienzo y a la par del cine surgió como un instrumento cómplice de la creciente imaginería de los artistas, soñadores y hombres que capturaron la luz. Me refiero al celuloide como formato fílmico, a la película fotoquímica como soporte, que se vio transformada otorgándole cada vez mejores características técnicas: la estabilidad visual, la forma de captar en un mismo plano el brillo y la oscuridad, la adaptación al cinemascope ante la “amenaza” de la televisión y una definición impensable.

¿Podrá el cine digital en un futuro ser la causa del progreso y la solución para las problemáticas del cine en el siglo XXI o, por el contrario, dará origen a la muerte del mismo? “El DCP (formato digital de proyección de cine) es la muerte del cine”, ha comentado Quentin Tarantino respecto al formato digital. Martin Scorsese va un poco más allá: “¿A alguien le gustaría decirle a los jóvenes artistas que se deshagan de pinturas y lienzos porque las iPads son mucho más fácil de llevar?, por supuesto que no.” Así, el cine digital se convierte en la forma de hacer cine el siglo XXI. Sin embargo, esta tecnología ya venía implementándose en el siglo pasado, alrededor de 1980, cuando por primera vez se usan imágenes generadas por computadora.

Tanto los Premios Oscar como el Festival de Cannes han visto el paso inminente del cine digital. Es una muestra clara de que la muerte del celuloide es inminente. Kodak, única gran compañía en el mundo que aún fabrica película para cine – Fujifilm se retiró del negocio en 2013 – buscó ayuda de los estudios de Hollywood luego de que sus ventas cayeran un 96% en apenas ocho años. Kodak pidió una garantía para que las casa productoras garantizaran la compra del material en los futuros años, y parece que llegaron a un acuerdo.

Este “debate” no se puede quedar en un simple negocio por parte de los estudios, en un anhelo por el pasado por parte de los directores o en un cambio imperceptible para el asistente al cine común. Se debe considerar los pros y contras y la revolución que este supone.

Parece haber diferentes posturas: los que se deciden por incursionar con las nuevas tecnologías como David Fincher, los que defienden el cine análogo y tienen a los clásicos anteriores al cine en un pedestal, como es el caso de Quentin Tarantino, Christopher Nolan y J.J. Abrams; por último, encontramos a aquellos que se deciden por incursionar en el cine digital, algunos sin extrañar el filme de 35mm, como es el caso de David Lynch.

Hay aspectos del filme tradicional que buscan repetir una realidad visual que raya con la realidad existente. La película capta en su estado natural el color, contraste y texturas lo que no ha sido posible igualar por el digital. Sin embargo, se enfrenta a la reducción de costos. La realización de una película tradicional ronda entre el millón y medio de dólares, mientras el digital supone una suma de 600 mil dólares. La cámara es más ligera y la postproducción se reduce hasta en un 40% del presupuesto. La inversión de la transformación del cine digital corre por cuenta de las distribuidoras, quienes se benefician con el ahorro que supone la eliminación de varias copias y el costo que supone trasladar las mismas, sin embargo esa inversión se tiene que recuperar de alguna forma, y al final del camino las grandes compañías no son las que pagan el cambio.

El costo de una cámara digital puede parecer accesible para los nuevos creadores de cine, mientras la compra o renta de las análogas son desproporcionales con los presupuestos que se manejan en el cine independiente. Durante la realización de un filme, cada cuadro que termine siendo eliminado representa dinero perdido para la producción.

Con todo esto el filme sigue siendo hoy en día el formato más avanzado para la captura de las imágenes; es así que las ventajas/desventajas de ambos formatos se pueden debatir en los aspectos técnicos y formales de la cinematografía. No hay que olvidar que a la estética de la época a la que se ha tenido que adaptar el cine – cine sonoro, B/N a color, en 3D-, ha salido bien librado.

Sigue habiendo un punto que no hemos abordado: la preservación de la imagen fílmica a través de la historia y la película como patrimonio histórico de la humanidad. Las ventajas del digital se presentan principalmente durante su ciclo de producción, post-producción y proyección al público. Una vez terminadas estas ventajas del formato digital dejan de ser relevantes y su principal desventaja toma una prioridad mayor.

Es cierto que la mayoría de la salas en el mundo están realizando la transición de los formatos del filme al digital, pero lo que no se ha abordado es el poder del cine digital actual para preservar las obras cinematográficas. Los mejores medios de almacenamiento magnético que existen hasta ahora – una copia de DVD o blu-ray- no pueden garantizar su vida por más de 15 años. La existencia de filmotecas alrededor del mundo es la prueba de que las copias de 16mm o 35mm pueden, bajo las características correctas tanto de temperatura y humedad, conservar por más de cien años una película.

Como pasó con Totó al regresar al pueblo en el que amó, nosotros volvemos al cine una y otra vez con la esperanza de que los momentos sean capturados como la primera vez que descubrimos el séptimo arte. El cine tiene su magia a la hora de contar historias, no en el proceso químico o tecnológico. Se debe llegar a un punto medio entre el futuro y el pasado, para preservar un arte que no en pocas ocasiones se ha visto “amenazado”.

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