“Sólo el que ha conocido el extremo del infortunio puede sentir la felicidad suprema.

 Es preciso haber querido morir […] para saber cuan dulce es la vida”.

El conde de Montecristo, Alejandro Dumas

El director Jeremy Saulnier buscaba crear una película con la ayuda del público, y no sólo lo logró, sino que creó un producto independiente en un país con la industria cinematográfica más poderosa del mundo. Pero eso no es todo: conquistó al Festival de Cannes al ganar el premio FIPRESCI (Quincena Realizadores).

Todo esto gracias a su interesante historia. Dwight (Macon Blair) duerme en un Pontiac azul, su aspecto es el de un vagabundo al que ha dejado de importarle la interacción con la sociedad. Pasa los días recogiendo comida de los botes de basura y por las noches se adentra en su soledad para intentar descansar. La aparente calma en la que vive se terminada cuando por medio de la policía descubre que van a liberar a un prisionero. Las facciones del rostro de Dwight –pongamos atención en esto, no estamos frente a ningún actor de acción, de esos que tantas veces nos repiten–, se desencajan cuando es consiente de que el asesino de sus padres ha salido de prisión.

Se han registrado más de 200 tiroteos en las escuelas de Estados Unidos en los últimos 15 años. Bajo la interpretación de la Segunda Enmienda de la Constitución, los americanos han encontrado un escudo para poder ejercer el ritual de violencia de la que son testigos. Uno esperaría que bajo el género del thriller, Cenizas del pasado (Blue Ruin, 2013) nos regale una alegoría o al menos demostración de dicho ritual. Antes que centrarse en eso, la trama nos habla de la condición humana ante la venganza.

Dwight no sabe a ciencia cierta cómo hará para tomar venganza. No lo vemos prepararse o siquiera hacerse de un gran arsenal. El pasado no se asoma dentro de la trama, el espectador voyerista no se deleitara con un flashback donde se muestre lo sucedido, donde observemos el fin de una familia y el comienzo de una resignación que parece encontrar salida con la venganza.

La conversión del personaje encarnado por Blair va asumiendo sus limitantes. Es un sujeto que ha vivido separado de su hermana por muchos años y tiene que recurrir a un viejo amigo para ir haciendo un camino para obtener su propia justicia. Por momentos su torpeza no es más que su realidad.

Los detalles y el diálogo apenas se hacen presentes; no son tomados en cuenta bajo las intenciones del director –Saulnier dirigió, escribió el guión y se encargó de la fotografía; se trata de un autentico director indie. La cámara panorámica va captando los momentos de tensión junto con la música, elementos claves para capturar al espectador. Aquí no se recurre a los efectos de miles de dólares, fuertes explosiones o sangre brotando a borbollones –aunque las escenas de materia viscosa son más que valiosas para generar repulsión y desconcierto–, se opta por la fuerza del momento y la tensión.

Decir que Cenizas del pasado logra que el espectador se sostenga de su asiento puede sonar pretencioso y hasta repetitivo si se toma en cuenta el género, pero sólo cuando se experimenta una película como la que dirigió Saulnier uno puede saber de lo que hablo. Las situaciones se van generando a un buen tiempo, no hay prisa por contar la historia. Desde que Dwight acecha al asesino hasta que espera las consecuencias de sus actos y es perseguido por toda una horda de familiares que no buscan justicia sino más sangre. El deseo de venganza nubla a Dwight y va cometiendo decisiones apresuradas, pero para ser sinceros nadie está preparado para sucesos parecidos, o al menos no fuera del mundo de Hollywood.

Cenizas del pasado está presente en las listas que predicen lo mejor del año en más de una ocasión. Pertenece a un cine independiente estadounidense que podría tener a su vecino en Los colores del destino (2013), ambas fuerte contendientes para ser parte aguas de una renacimiento en el cine de Estados Unidos. En México se presentó en el marco de la 57 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca.

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