Por Agustín Oso Tapia

Soy un chamaco que nunca da problemas. Hay algunas ancianas piadosas que hasta imaginan que soy un ángel cuando me ven sobre el altar esfumándome entre las sagradas nubes del incensario. Cuando hago sonar la campanilla y todos los creyentes se mueven como uno solo, cierro los ojos para dejar que esa corriente me recorra de pies a cabeza como un reguero de pólvora. El rumor unánime que producen al arrodillarse o sentarse al mismo tiempo me recuerda las primeras olas que escuché en mi vida. Aquella noche dormí frente a la playa con la sensación de una marea espumosa subiendo y bajando por mi pecho. El momento de la comunión es mi favorito. Toda esa procesión de bocas temblorosas esperando por el cuerpo del Salvador. Son como un montón de sapos atrapando moscas con la lengua. En la misa del domingo pasado aconteció lo que muchos dijeron que era un milagro. Una parvada de palomas entro revoloteando y giró varias veces bajo la cúpula principal. Muchos juraron que con sus trayectorias habían trazado por un instante el rostro del Santo Padre en el aire. Luego la parvada fue a posarse sobre el viejo púlpito y ya no se movió de allí. La verdad es que las palomas se la pasaron picoteando los bichos que viven entre las rendijas de la madera descascarada. A los fieles les gusta creer en milagros. No los culpo, llevan una vida llena de angustias y arrepentimientos. A veces, sin querer, escucho tras el confesionario los episodios que ellos mismos cuentan. Oigo palabras en voz baja que no entiendo bien, cosas de gente grande que me llenan la cabeza de ideas que me daría mucha vergüenza platicar.

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Cada vez que repican las campanas llamando a misa yo noto que el rostro del padre Menéndez se va poniendo más y más serio con cada tañido. Y es que el montón de gatos que viven en la torre del campanario se comen a las palomas, que son la imagen misma del espíritu santo. El padre Menéndez se aflige mucho por eso y levanta sus ojos al cielo como buscando una solución. Pero la única respuesta que cae de lo alto son plumas manchadas de sangre. Todo empezó por culpa de las ratas, con ese vicio que tienen de roer todo lo que se les pone enfrente. Al padre y al sacristán les dio miedo que se fueran a comer las cuerdas que sostienen la campana y ocasionaran una desgracia. A la esposa del sacristán fue a la que se le ocurrió el remedio de los gatos. Al principio eran dos, con los colmillos igual de puntiagudos y rayas negras por todo el cuerpo.

Los trajeron metidos en un costal y los soltaron allá arriba. En cuanto salieron se pusieron a rascar por todos los rincones. Con el tiempo las ratas desaparecieron, pero los gatos ya se habían multiplicado como los panes de Cristo y era imposible correrlos a otra parte. Ahora siempre te los encuentras relamiéndose los bigotes y maullando como si se hubieran vuelto locos. La otra tarde el padre me explicó que así es como se comportan las bestias en celo.

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Pensé que alguien tenía que poner fin a los disgustos del padre Menéndez. Anoche me metí vestido debajo de las sábanas y espere a que mis papás estuvieran bien dormidos. Salir por la puerta trasera fue lo más fácil. No había nadie en la calle cuando empecé a caminar rumbo a la iglesia.

Desde lo alto del campanario entendí la diferencia entre el cielo y la tierra. El aire estaba más limpio y más frío, de seguro porque estaba fuera del alcance de todos esos que ahora roncaban allá abajo. Los gatos acudieron en tropel en cuanto abrí la bolsa de plástico llena de cabezas de pescado. Se empujaban entre si, se mostraban las garras amenazantes, arqueaban sus lomos erizados, luchaban por obtener la ración más grande y apestosa. Enfebrecidos en su pecaminosa gula no se percataron del momento en que saqué a relucir un afilado cuchillo de entre mis ropas.

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Las tripas de las bestias todavía estaban calientes cuando las enredé entre las imágenes sagradas del altar mayor. Adorné la cruz del Salvador con una corona de entrañas palpitantes. Encendí el rostro de la virgen con una viscosa oleada roja. La claridad de la luna llena se filtraba por los vitrales y me permitía admirar la belleza de mi obra. Tuve que morderme los dedos para no llorar.

Perdí la noción del tiempo. Limpié los coágulos de mis manos en la pila del agua bendita y me sentí puro, como si una nube redentora me creciera de adentro para afuera. Salí por la ventana de la sacristía y vi una franja rojiza en el horizonte anunciando el amanecer. Me regocijé con la obra del creador. Suspiré muy hondo y eche a andar por el empedrado imaginando el rostro de los feligreses en la primera misa de hoy domingo. No hay nada como la sangre derramándose para limpiar los pecados del mundo.

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