Creo que el cuarto fue el día que más películas vi, no estoy seguro. Pero lo que es un hecho es que para entonces, ya a la mitad del festival, el cuerpo empieza a reclamar la falta de sueño y playa. Pero uno debe ser fuerte y resistir, más aún si esa resistencia representa el (podría ser peor) único esfuerzo de sentarse en una sala y ver cine. ¡Menudo privilegio!

A la mitad del festival, también, llega siempre un aire de comunidad. Media semana teniendo tres comidas con la misma gente. Conociendo puntos de vista distintos y formas de ver cine tan variadas como las opiniones que en cada quien despiertan. Y aunque no siempre se llega a acuerdos, son esas conversaciones las que nutren y hacen que cada experiencia festivalera uno vuelva a casa con más que solamente lo que las pantallas proyectan.

Decidí no hacer ninguna pausa y únicamente hacer un viaje exprés al hotel. Me enjuagué la cara porque, aún caída la noche, el calor se está volviendo traicionero. ¡Y los moscos! Pero pronto estaba de vuelta en la sala de cine para ver una de las que más curiosidad despertaron entre los cinéfilos. El título de El Silencio de la Princesa, ni siquiera me hacía ruido (un día antes había visto La Princesa de Francia, de Piñeiro) hasta que me enteré de qué trataba. La película de Manuel Cañibe revive uno de los personajes más enigmáticos que han invadido las pantallas de cine para develar que, detrás de un emblemático personaje cinematográfico, yace la historia de una persona digna del papel que la llevó a nuestro imaginario.

 Diana Mariscal fue una figura pública desde principios de los años 60 pero no fue sino hasta 1968 que, de la turbulenta mano de Alejandro Jodorowsky, saltó a la fama mundial en el papel de Lis, la pareja paralítica de Fando durante un alucinante y surrealista viaje a Tar, inspirado libremente en la obra teatral del legendario Fernando Arrabal. Al día de hoy, no cabe duda que Fando y Lis ha pasado a los anales de la historia del cine mexicano, no sólo por su calidad, sino también por la historia de censura y desprecio que despertó reacciones como la del Festival de Cine en Acapulco, donde la indignación del público llevó a un amotinamiento durante su proyección, o su presentación en Cannes, que pronto convirtió al entonces joven Jodorowsky en una sensación. El éxito internacional de Fando y Lis, sobra decir, puso al director en el mapa y el resto es historia. ¿Pero qué ocurrió con Diana Mariscal quien, para entonces, era considerada una promesa y repentinamente se desvaneció hasta desaparecer del reflector?

Con entrevistas a colegas actores como Sergio Kleiner e Ignacio López Tarso, entre otros, así como a cantantes como Ela Laboriel y familiares de la actriz, Cañibe revive una época del cine mexicano en el que figuras como Mariscal (criada en una familia de artistas librepensadores y con antecedentes de enfermedades mentales) habitaba un México que no le correspondía y que debía navegar al mismo tiempo que sobrevivía a una enfermedad como la esquizofrenia, misma que (sugieren Cañibe y los testimonios) fue llevada al extremo después del intenso trabajo físico y mental que Fando y Lis, así como su director le exigieron.

De esta forma Cañibe nos lleva en un agradable viaje por la historia de la última mitad de siglo en el medio del espectáculo nacional, al mismo tiempo que hace una reflexión sobre las enfermedades mentales, las concepciones sociales que se ha tenido de éstas a través de los años y las dificultades de sobrevivir en un medio como el cine. Y aunque la película nunca deja de interesar gracias, principalmente, a la interesante historia y vida de Mariscal, el documental nunca se aleja de la comodidad de contar la historia de la forma más “a la segura”, privilegiando una narrativa lineal convencional y respaldándose en imágenes de archivo y entrevistas que, aunque ilustrativas, no aportan nada innovador al género, algo que quizá se hubiera agradecido tratándose de un personaje cuya vida fue todo menos común y corriente.

Llegó la noche y Chavarría me apuró. “Nos vamos a quedar sin lugar”, me advirtió… Y casi tuvo razón. La película en cuestión era una de las más esperadas, no sólo por mí sino por un gran número de personas, tanto del público como compañeros de la prensa. En lo personal, después de Vamos a jugar al infierno (aquí mi crítica http://elfanzine.tv/2014/07/vamos-jugar-al-infierno/) estaba dispuesto a ver lo que fuera que Sion Sono realizará. Y con la presentación en la Riviera Maya de Tokyo Tribe, lo más reciente de su filmografía (que él promete nos dará seis películas nada más este año) la emoción me hizo correr la sala, que pronto se llenó.

 En Tokyo Tribe Sono decide volarse y, a ritmo de rap, contar la historia de una guerra entre pandillas conocidas como Tokyo Tribes (Tribus de Tokyo), que habitan un Japón alterno y semi-futurista hundido en la miseria y la violencia. La unión de las tribus Wu-Ronz de Bukuro con la de Buppa Town para iniciar un conflicto con los Musashino Saru pronto desata una serie de sangrientos y musicales encuentros que eventualmente llevan al levatamiento de todas las Tribus de Tokyo para terminar con los sanguinarios e insensibles Wu-Ronz y Buppa que deriva en una batalla campal llena de artes marciales, sables, tanques de guerra, balas y chorros de sangre. Y aunque es justo un exceso lo menos que esperábamos en este regreso de Sion Sono a los cines, Tokyo Tribe resulta en una decepcionante epopeya musical que, caprichosamente enfocada en el espectáculo, deja de lado muchos de los elementos meta que abundaron en su anterior esfuerzo (y que lo hacían una elegante aunque sangrienta oda al cine) para, en su afán de ser un homenaje al cine de serie B, pronto tornarse en un agotador ejercicio de flojas referencias a ese tipo de cine que se extiende por más de dos horas en las que, lo único que obtuve al salir de la sala fue repetir (con desagrado) el sonsonete que ronda la muy mal lograda pista musical: “Tokyo Tribe. Never Ever (Yes, please yes) Die”.

Continuará…

 

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