Por Daniela Valdez / @Daniela_Valdez

Be not inhospitable to strangers / Lest they be angels in disguise.” -Yeats
(Rezan las puertas de la Meca de la literatura anglosajona en París).

Pocas cosas recuerdo en la vida como la primera vez que pisé una de las librerías Shakespeare and Co. No estaba en París, ni Hemingway había estado ahí, pero el hecho de saber que estaba pisando uno de los lugares más emblemáticos para la literatura contemporánea, fue invaluable. Me encontraba en San Francisco, donde también visité City Lights, la librería independiente fundada en 1953 por los poetas Lawrence Ferlinghetti y Peter D. Martin, que se encuentra situada en la calle Jack Kerouac. Ellos fueron los responsables de animar a George Whitman para que abriera Shakespeare and Company.

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Entré, y lo primero que hice fue comprar una playera, que uso con frecuencia. Después me sumergí en una nube de polvo y cientos de libros invaluables: ediciones especiales, ejemplares raros, y un enorme deseo de tener todo el dinero del mundo para pagar kilos de sobreequipaje. La elección no era fácil. Había soñado, literalmente, con los libros que compraría. Finalmente, entre una larga lista, el libro más valioso que encontré fue ReJoyce de Anthony Burgess: uno de mis autores favoritos hablando sobre otro de mis autores favoritos, y la importante carga histórica y sentimental de comprar un libro sobre James Joyce en ese lugar específico.

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El verdadero Shakespeare and Company se encuentra en el quinto distrito de París. Un lugar lleno de magia y buenas intenciones, al grado que los viajeros que visitan París pueden hospedarse ahí a cambio de trabajo, y se puede pedir un deseo en el pozo a cambio de unas monedas. No por nada, el documental Portrait of a Bookstore as an Old Man recuenta cómo George Whitman, dueño original de la librería, comienza con el relato de cómo refugió a los estudiantes durante los disturbios de 1968, entre ellos el escritor Cristopher Cook Gilmore. Ésta no es una librería; es una cueva anarquista disfrazada. La historia de la librería más famosa del mundo comienza en 1919, cuando la editora Sylvia Beach decidió encontrar un refugio para sus libros en la 8 Rue Dupuytren (antes de albergarse en la 12 Rue de l’Odéon en 1922) y para Guapo, su loro, que tomaba té de limón. Durante la década de los 20, era común encontrar entre sus pasillos grandes nombres como Eliot, Pound, Hemingway, Beckett, Valéry, Lacan, Stein, Fitzgerald o Joyce, entre muchos otros. Desgraciadamente, durante la ocupación alemana en París, en 1941, la librería cerró, y tuvieron que pasar muchos años para que pudiera volver a levantarse, esta vez a las orillas del río Sena.

En 1951, después de un viaje por varios rincones del mundo, el americano George Whitman abrió una librería –comuna hippie— en la 37 Rue de la Bûcherie en lo que era un monasterio del siglo xvi, y decidió nombrarla Shakespeare and Company en honor a Beach. La editora, al igual que Whitman, era una expatriada estadounidense de Nueva Jersey. Ella fue la única persona que se atrevió a publicar Ulises de James Joyce en 1922, después de que más de 10 editores de la época, entre ellos Leonard, el esposo de Virginia Woolf, la rechazaran. La relación entre Beach y Joyce era tan estrecha, que incluso el escritor irlandés llegó a usar la librería como su oficina en varias ocasiones. En 1941, Beach se rehusó a vender su copia personal, la última en la librería, de El Despertar de Finnegan de Joyce a un oficial alemán, por lo que fue internada en un campo de concentración durante seis meses. El gusto de la editora se reflejaba entre los libros que contenía el semillero de escritores, una curaduría impecable de literatura en lengua inglesa, incluyendo títulos prohibidos en otros países.

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En septiembre de 1955, Beach sufrió otro golpe duro, ya que su compañera de toda la vida, la también librera Adrienne Monier, sufrió una enfermedad en el oído, con dolores tan insoportables que se tomó una dosis suficiente de pastillas para dormir como para dejar de respirar. Los amores de la vida de Beach fueron Joyce, Monier y Shakespeare and Co., y ahí se encontraban varios de los manuscritos originales del irlandés. París vio la muerte de la editora en 1962, documentada en Les heures chaudes de Montparnasse de Jean-Marie Drot y en el libro Passage de l’Odeon de Laure Murat, en el que se critica a Whitman por “apropiarse” del nombre, a pesar de que la misma Beach aprobó que lo utilizara. Sin embargo, la historia de primera mano se encuentra en el libro que la misma Beach escribió, titulada Sylvia Beach, Shakespeare and Company, de la cual se pueden encontrar ejemplares en Amazon y varias librerías.

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En la Shakespeare and Co. de Whitman, inicialmente llamada Le Mistral, se repitió el modelo de apoyo a escritores principalmente anglosajones, en este caso, la mayoría de ellos de la generación beat, como Ginsberg, Corso o Burroughs. La vida bohemia de París pasaba los días en este recinto, en el que escritores y poetas se leían entre sí y compartían risas, llantos, ideas socialistas y botellas de vino. Al día de hoy, el recinto en el que se han presentado cientos de libros y reuniones, ha hospedado a más de 50 mil personas, las cuales han dejado un testimonio, una fotografía, y muchas de ellas disfrutaron de los míticos hotcakes que Whitman cocinaba los domingos. Además, se rumora que a cada viajero le contestaba en su lengua, y cuando hablaba en español, tenía un marcado acento mexicano.

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Hoy el espacio es regentado por la hija del librero, Sylvia Beach Whitman —cuya única relación con la editora de los 20 es un amor profundo por la literatura—, sigue organizando reuniones de escritores y hospedándolos, permitiéndoles usar el lugar como casa u oficina. En diciembre de 2011, la noticia de la muerte de George y una carta de su hija recorrieron el mundo, dejando con ella un hueco que difícilmente será llenado. A pesar de que tenía 98 años, el galardonado con el Officier des Arts et Lettres por el gobierno francés seguía atendiendo personalmente a sus clientes, recomendándoles libros y alentándolos a leer.

En la película Medianoche en París de Woody Allen podemos observar un retrato de lo que fue la librería, de los años dorados que no volverán, con hojas empolvadas y sueños por cumplir.

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