Por Enid Molko

La época de festivales está a todo lo que da, y tus mejores recuerdos no van a ser los videos de celular que nunca vas a ver. Sino ese viejo boleto que un día encontrarás en tu libreta y te dará un flashback al pasado. Lo más cerca que uno está de tocar el cielo es cuando tu banda favorita toca esa canción, que nunca puedes dejar de cantar. Sientes un piquetito en el punto más bajo de la columna. Placer puro sube, poco a poco. De pronto, el mundo se vuelve más interesante. Las luces estroboscópicas detienen el momento. Las animaciones te hacen soñar despierto entre el sonido envolvente. Respiras fuerte, para aferrarte al momento. Felicidades, has estado en un Acid Test.

No importa si era el Ultra Music Festival o un concierto de Belinda. La experiencia que ahora es tan normal en los conciertos: videos, música, luces y proyecciones. Surgió en los años sesenta como una manera de hacer que las personas vivieran la experiencia de un viaje de LSD, sin tener que tomar la controvertida sustancia. En pocas palabras un Acid Test. En su libro, The Electric Kool Aid Acid Test (1968), Tom Wolfe nos cuenta la historia de Ken Kesey. El hombre directamente responsable que, tú y yo, andemos con las pupilas dilatadas los domingos a las ocho de la mañana.

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La contracultura de los años sesenta, siempre ha tenido un misticismo a su alrededor, que la hace especial. En todas las épocas la gente ha tomado drogas, pero recordamos con cariño los sesenta, por su idealismo, inocencia y las drogas sicodélicas. Entonces, las drogas eran autodescubrimiento, una nueva manera de vivir  y cambiar el mundo. No: “de tanto que le he jalado, la nariz ya me ha sangrado…” Algo más que simplemente ponerse hasta la madre.  Le debemos a esta década la cultura juvenil como ahora la conocemos, con todo y su imparable máquina de merchandising.

En The Electric Kool Aid Acid Test Tom Wolfe nos cuenta la historia de lo que pasó entre 1962 y 1967. Durante estos años, las drogas psicodélicas, pasaron de ser sustancias disfrutadas por un pequeño grupo de universitarios, al consumo masivo. Todo esto gracias a un hombre de Oregon, Ken Kesey. Al que le dieron 70 dólares en la Universidad de Stanford para probar todo tipo de drogas como: LSD, LSA, psilocibina, mezcalina, cocaína y DMT. Esto como parte de un estudio, secretamente financiado por la CIA, cuyo objetivo era evaluar el uso de drogas para controlar a las personas. Los experimentos no eran tan divertidos como pudieran sonar. La mayor parte del trip Kesey se encontraba rodeado de médicos y psicólogos que revisaban cuidadosamente sus síntomas, por horas y horas.

Wolfe cuenta  la historia de The Merry Pranksters, un grupo que creó una quasi-religión alrededor de una experiencia. El consumo de LSD, con Ken Kesey como su mesías y Neil Cassady como su leal segundón. Su historia, es la historia de la fiesta. La historia del movimiento hippie. Porque disfrazarse para un festival de música tuvo que salir de algún lado. En 1964 los Merry Pranksters hicieron un viaje por los Estados Unidos bajo los efectos del LSD. Su autobús, llamado Further, era un viejo autobús escolar equipado con la más alta tecnología de entonces: bocinas, micrófonos, multitrack recorders, tornamesas y cámaras de 8mm.

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Wolfe te sitúa en medio de la acción, sin filtros ni nada. Se rompe la barrera entre el lector y la acción y, de repente, estás en un autobús lleno de gente, atascado de ácido, con semanas sin dormir. Eres uno más, muriéndote de hambre en casa de Kesey o atascando el baño de una gasolinera en San Francisco. Siendo parte de la primera película hecha bajo los efectos del LSD. Que, de haber sido terminada, hubiera sido el primer reality show de la historia. Cambias de página y ya estas choreando a la policía de Texas para que no revisen el autobús. A la siguiente estas grabando obras de arte a las 10am en medio del desierto. Que en dos semanas nadie entenderá.

En 1965 después del viaje en autobús. The Merry Pranksters se dedicaron a popularizar los Acid Tests en California. Esto resultó ser bastante redituable y pronto más grupos se unieron a hacer lo mismo. Los Acid Test’s eran espectáculos con proyecciones de películas; música de The Grateful Dead; gente bizarreando en micrófonos, disfraces y proyecciones sicodélicas con aceite en un vidrio de reloj.  Las fiestas duraban tres días y su propósito era que la gente conociera los efectos del LSD, sin tomar la sustancia. Y bueno, llegaba un momento en la fiesta. En que los Merry Praksters sacaban un bote de basura, lleno de Kool Aid, y se lo ofrecían a los asistentes. Sin decirles que contenía LSD. Algunos asistentes se la pasaban superbién y otros se volvían unos locos paranoicos.

El libro está lleno de personajes memorables como Sandy. Un ingeniero de sonido neoyorquino que se volvió loco por tanto cristal y LSD. Who cares girl, una chica de Los Ángeles, que en la puestes del ácido sólo gritaba: “who cares!?” sin parar. El tipo al que, hasta los más hippies odiaban y lo corrieron de la casa de Ken Kesey. Timothy Leary, el drogadicto más aburrido del universo y la morra que hizo un gang bang con 200 Hells Angels. Y no podían faltar los cientos de chicos y chicas que se escapaban de su casa y aparecían en Haight Ashbury. Conocidos como, wonderful people, por las cartas que las chicas mandaban a sus madres para decirles que no se preocuparan. Porque habían conocido unas, personas maravillosas, y estaban bien.

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Tom Wolfe nos da una probadita del norte de California y nos muestra cómo fue el movimiento hippie, sin restricciones. Porque él estuvo ahí. The Electric Kool Aid Acid Test más que una novela es una buena investigación periodística escrita de forma narrativa más que informativa. Wolfe trata de ser objetivo al mostrarnos cómo la vida de los hippies en Haight Ashbury no era tan glamorosa como se recuerda. Los chicos y chicas que se escapaban de sus casas vivían hacinados en departamentos. Muchos tenían piojos, infecciones en la piel y enfermedades venéreas. Lo que  Wolfe llama, nostalgia por el lodo, estas personas querían volver a padecer lo que en sus limpios suburbios ya no existía. Al final Wolfe nos muestra que el final de los Merry Pranksters fue igual al de cualquier banda. Por dinero.

Este no es uno de esos libros biográficos en los que el autor se deshace en elogios por el personaje: “Steve Jobs era tan inteligente… Tan creativo… Un visionario”. Este no es el caso, Wolfe muestra a Kesey como una persona normal. El líder de un movimiento artístico y contracultural que la mayor parte del tiempo no sabía lo que estaba haciendo. Como muchos fue alguien que estuvo en el lugar correcto en el momento adecuado.  Lo que sí logró fue unir a un gran grupo de personas interesantes bajo una sola bandera, la sicodelia. Eso y patrocinó las actividades de, The Merry Pranksters, con su propio dinero.

Siempre he creído que todos tenemos el deber de conocer el origen de las cosas que nos interesan. Porque hasta hacer un roadtrip, ponerse bien aceite en una fiesta y utilizar luces estroboscópicas; tuvo que ser inventado. Es la historia de la fiesta. La que se escribe todos los días y tiene a sus héroes anónimos. Así que la próxima vez que estés bailando en un after. Piensa en, Who Cares Girl, quien se quedó en el viaje.

wolfe

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