1

Por Gabriela Alvarado / @gabisteck

The Growlers son la definición de los que los gringos llaman como “too cool for school”. Surfean, van de gira en un antiguo camión escolar, viven en Costa Mesa, California, en una casa en donde tienen una pequeña hortaliza dentro de un bote de remos, rescatan perros y aceptan, sin miedo, que sus viajes creativos suceden en estados alterados.

Su música, definida por ellos como Beach Goth, es rock psicodélico, surf y garage; a veces sombríos y hasta decadentes, pero el sol y la buena vibra siempre presentes, para recordarte que estés en donde estés, puedes recurrir a ese delicioso recuerdo de estar con tus amigos en la playa, fumando, comiendo y bebiendo cerveza. Le deben tanto a los Beach Boys como a los Cramps, sin olvidar esa vena lóbrega y decadente del maldito Jim Morrison. En realidad, nadie se viste de una forma gótica. Abundan las playeras hawaianas, alguna que otra peluca y una producción muy teatral, de la que el Syd Barrett de The Piper at The Gates of Dawn se sentiría muy orgulloso.

No tienen un discurso político (al menos no es notorio) en sus letras, ni se autonombran predicadores de la igualdad social. Estos dudes solo quieren hacer canciones que rindan honor a esa frase que los surfers tanto usan: pura vida. Lo que sí poseen es una fuerte carga sexual y una alegoría (musical y letrística) a las sustancias ilegales, a la expansión mental. Esta entrevista no es para saber cómo es vivir como The Growlers, sino conocer un poco más de esas escenas que vemos en su Instagram, que parecen retratos de unos tipos que viven como si estuvieran en los setenta. Desde su debut en 2007, los californianos llevan cuatro discos y varios EPs. Su álbum más reciente es el EP Gilded Pleasures, de 2013. Próximos a su llegada a México, conseguí una llamada con Brooks Nielsen, ese frontman mezcla de hippie sesentero con el espíritu decadente de Rob Tyner y surfista borracho.

La cita era  a las 12:00 de la tarde. Por alguna razón la llamada telefónica se retrasó un par de horas. Nielsen, despreocupado, salía de bañarse y dijo tener todo el tiempo del mundo. Su garganta rasposa suelta las palabras con un ritmo moroso, a veces ininteligible, por lo que es conveniente moverme al lugar más silencioso del departamento que tenemos por oficina. “Voy por un poco de agua”, espérame, se oye a lo lejos. La voz en el auricular se asemeja un poco a ese tono de reverb presente en Guilded Pleasures, como si Nielsen estuviera en una sala enorme o en un lugar vacío en el que la lejanía se materializa.

Tal vez es un poco temprano para hablar de drogas, pero qué diablos, es inevitable no asociarlos con un toque de yerba y una hamaca bajo el Sol. La voz de Nielsen sigue haciendo pausas. Después de unas cuantas preguntas que surgen (¿A qué hora te levantaste hoy?, ¿cuál es tu rutina diaria?), la plática desemboca en el tema de las drogas y su importancia para el sonido de la banda. “Disfruto emborracharme, sabes, incluso alguna vez he pensado salir así al escenario, a ver qué dirían los fanáticos. Sería divertido ver sus caras divertiéndose conmigo [risas]. Pero después pienso que hay que tener un balance y ser conscientes de que debemos entregar lo mejor. Lo hemos comentado varias veces en la banda. El chiste no es tocar borracho o drogado sino tocar realmente bien borracho o drogado. Es un reto [risas].” Sin embargo, volvemos al tema de la rutina y los riesgos que debe tomar un músico para lograr posicionarse entre el público. “La banda ha tenido un montón de integrantes y las únicas constantes somos Matt [Taylor] y yo. Él y yo tenías vidas normales y empezamos a tocar poco a poco, en ensayos, los hacíamos como divertimiento. No buscábamos nada profesional. Pero poco a poco fuimos metiéndonos en la pasión musical. Es muy chido estar dentro y hacer lo que te gusta. Es mil veces mejor que estar en una oficina [risas]”.

El sonido de la banda ha ido evolucionando y tomando cada vez diferentes vertientes que antes se exploraban poco. “Yo no diría que somos sólo garage. Hace mucho que no hacemos garage. Compramos máquinas viejas, pero es todo un proceso de aprendizaje. Disfruto de las cosas que suenan a garage pero no somos una banda de este tipo. Nos limitamos a hacer música bonita. Nuestro sonido ha ido cambiando. La idea es que suene siempre fresco.” Es interesante ver cómo logran esa estética arqueológica. La categoría “antiguo” en lo musical no sólo se remite a una app de filtros fotográficos o a una vestimenta comprada en bazares de segunda mano. Los Growlers, consecuentes con su idea de sonar genuinamente a los ecos de la California surfista, cargan verdaderas reliquias en su equipo de concierto. Un órgano Farfisa, pedales Electro Harmonix y MXR, amplificadores Ampeg y Fender Hot Rod, una Fender Mustang del 67, una batería clásica Slingerland. Tsss, como si estuviéramos en la gira Ummagumma.

¿Alguna vez veremos a The Growlers viviendo fuera de la Costa Oeste? “No lo creo. No hay otro lugar en el que me imagine estar. A veces pienso que es humillante pensar que no puedo vivir lejos de California. Veo a muchos amigos de la infancia mudarse de casa dos o tres veces en menos de cinco años, cada vez más lejos. Para mí sería difícil. Cuando vamos en la carretera, de viaje, extraño estar en el agua. Mientras más irritable me pongo más extraño las olas: es algo que te define”. “¿Estás en la Ciudad de México?”, pregunta. Sí. “Genial, me gusta mucho su ciudad. Debe ser un buen lugar para vivir”. No supe qué contestarle. Ríe un poco. La charla va fluyendo sin necesidad del cuestionario. Brooks habla como si estuviera surfeando en una época que se extraña a veces, una época donde no había iPhones y iPads y iClouds y donde todo se podía tocar. El goce es contagioso. En su última gira, en Inglaterra, cuenta cómo los cinco se metieron a las gélidas aguas de Brighton, la supuesta mejor playa británica. “(El agua) Estaba jodidamente fría jajajajaja, pero después de todo logramos decir “¡Sí! ¡Surfeamos en las playas frías inglesas!

El proceso creativo de Nielsen y compañía depende del mood con el que estén preparados para grabar. Actualmente, Nielsen se encuentra escuchando mucha música caribeña, especialmente reggae. “Bob Marley es uno de los músicos que más he estado escuchando últimamente. Es un músico que creo que es auténtico y muy profundo. ‘Get Up Stand Up’, ¿sabes a lo que me refiero?” Esta es la única propuesta proveniente del llamado Tercer Mundo. “(De México) no he escuchado mucho pero ahora que estemos allá pediré algunos discos”, asegura.

Esta es la segunda vez que la banda se presenta en nuestro país. En 2013 tocaron en el marco de la fiesta del quinto aniversario de Vice, en donde Nielsen y compañía se divirtieron durante días. No esperaban que el público mexicano tuviera una respuesta tan amplia. “Es algo extraño porque siempre hemos visitado México. Esa ocasión llegamos unos días antes y visitamos la Ciudad [de México]. Muchos bares. Todo estuvo chido. (…) Varios de nosotros hemos estado en México demasiadas veces que ya no podemos contarlas. Casi siempre es para enfiestarnos. Tijuana. Recuerdo mucho Tijuana, pero no te contaré nada de Tijuana, ya sabes. Es un lugar lleno de diversión. Muchas putas. No contaré más…” El bajista Anthony Braun Perry es mitad mexicano y viajaba constantemente a Baja California con los demás integrantes, así que, de cierta forma, conocen el territorio. Unos días antes del concierto viajarán en su propio autobús. (Aquí viene a la mente el filme Casi famosos [Cameron Crowe, 1998], en el que la banda protagonista se traslada en su viejo autobús para dar conciertos en pequeñas ciudades en los 70).

Antes de acabar la conversación hay una duda que me inquieta: ¿Qué fue del perro Woody? Probablemente algunos conozcan la historia por una nota o comentario que compartió algún conocido, de esos que tiene lleno su muro de temas animaleros. La historia es sencilla. Woody era un perro callejero como cualquiera que ves en un crucero o en un mercado buscando restos de comida. Su ciudad, Los Ángeles. Algún hijo de puta lo golpeó en el pene. Por ello, no podía caminar muy bien. “Es una pendejada. No sé por qué la gente hace eso”, dice Nielsen. Cuando alguien tomaba el mismo trayecto que el cuadrúpedo pensaba que era chistoso que éste tenía una erección perenne. Se trata de perro calenturiento. Necesita una perrita para bajarse lo cachondo. Eran los comentarios comunes. The Growlers y The Cosmonauts, conscientes de que podría tratarse de una enfermedad o una herida, llevaron a Woody con un veterinario. No sólo se trataba de una herida sino que su vida estaba en peligro. La cantidad requerida para operarlo era 3 mil 500 dólares.

Para la colecta usaron sus redes sociales. Lograron la cifra deseada al imprimir playeras con la imagen de la banda con Woody en brazos de Brooks Nielsen, que vendían por 30 dólares. “(risas) Esa fue una historia muy chida porque realmente queríamos salvar a ese perro y finalmente lo logramos. Nos gusta hacer eso (cuidar animales); con el perro Woody tuvimos mucho apoyo por parte de la gente. Ahora Woody puede orinar a gusto y tiene un hogar.”

La plática se resiste a morir. Hablando de The Cosmonauts le pregunto algunas de sus bandas favoritas del momento. Tarda unos segundos. Suelta algunos nombres: The Abigails, Gap Dream, Night Beats, Shannon and the Clams.

-Muchas gracias por todo. Nos vemos pronto, Brooks.

-Muchas gracias a ti, nos vemos en México.

growlers-huck-20

growlers12


Facebook Comments
Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on Twitter0Email this to someone