Desde su llegada en 1996 con Hard Eight, una pequeña pero poderosa joya independiente sobre el mundo de los apostadores en la decadente Atlantic City, que precedió a su magnífica y más conocida Boogie Nights, la filmografía de Paul Thomas Anderson ha dejado claro que se trata de uno de los cineastas norteamericanos contemporáneos más importantes. Al nivel de (me atrevo a decir) gente de la talla de Scorsese o Altman, la primera parte de su corta pero imponente obra mostró un director que, dentro de su rigor, es habitado por pequeños estallidos de anarquía tan originales e impredecibles que (para fortuna del público) han dado nacimiento a películas como la ya mencionada Boogie Nights, la emocional y compleja Magnolia, así como la delirante y lamentablemente olvidada Punch, Drunk Love (un impresionante trabajo con Adam Sandler como protagonista). Hasta entonces, el trabajo de Paul Thomas Anderson era una fiel adaptación de eso que habita la mente del director y también guionista americano. Luego vino There will be blood, la épica historia de Daniel Plainview y su tumultuoso ascenso en el mundo petrolero de Norteamérica a principios del siglo XX, inspirada en la novela de Upton Sinclair y con la que Anderson parecía ser más claro que nunca respecto a sus inquietudes sobre la modernidad, el poder, el capitalismo y la grandeza que yace en lo más bajo de nuestra humanidad. Y aunque su primera película inspirada en material previamente publicado aparentaba mostrar un lado más disciplinado pero no por ello menos incendiario de Anderson, que después regresaría como un torbellino con la ambiciosa The Master, nada nos tenía preparados para lo que ahora nos trae con Vicio Propio (Inherent Vice).

El libro es mejor que la película, suelen decir. Y aunque son pocas las veces que he recurrido a la versión literaria de una obra cinematográfica antes (o después, incluso) de conocer lo que de ella se plasmó en el papel, creo que al tratarse de medios y lenguajes distintos, es natural que el resultado nos deje con resultados y opiniones mixtas. El error está, sugiero, en creer que ambas obras deben resultar en experiencias similares. “Paul me dio primero el libro así que lo leí antes que el guión”, confiesa Joaquin Phoenix. “Después del guión releí el libro y de repente, a la mitad, pensé que no quería conocerlo tan bien. Quería confundirme con lo que sucedía, así que el libro lo retomaba ocasionalmente, solamente cuando leerlo me ayudaba a entender un poco más de la escena que realizábamos”, continúa.  En Vicio Propio, Joaquin Phoenix da vida al detective privado Larry “Doc” Sportello, una especie de Big Lebowski que, a diferencia del inmortal personaje de los hermanos Coen, sí habita el tiempo y espacio al que pertenece. ¿Pero, de verdad lo habita?

Sumido en una nube de mariguana la mayor parte de su tiempo, Doc Sportello es la versión pacheca de emblemáticos personajes como Humphrey Bogart en El Halcón Maltés o Elliot Gould en The Long Goodbye. Su desmarañada cabellera, sus sandalias de cuero, sus gafas redondas y su chaqueta militar completan la facha groovy de este detective envuelto en la solución de tres diferentes crímenes que, eventualmente (que no simultáneamente), se ven entrelazados para infortunio del protagonista y el deleite del espectador; una ex pareja desaparecida (Katherine Waterston), un blanco supremacista (Eric Roberts) en deuda con un miembro de una pandilla a la Black Panthers (Michael Kenneth Wiliams), un jazzista que fingió su muerte para huir de su vida familiar (Owen Wilson) y un policía que le pisa los talones (Josh Brolin, hilarante) son los problemas a los que Doc (Phoenix) hace frente aun con las complicaciones que acarrea su enviciado estado de conciencia, haciendo que la confusión de la que habla el actor sea uno de los elementos más sabrosos dentro de los intentos (los suyos y los nuestros) por seguirle la pista a los casos en cuestión. Visitas a burdeles clandestinos, bares y entrevistas con personajes tan folclóricos como representativos del lugar y la época que Anderson retrata con precisión y una magnética personalidad, así como un diseño de producción y de vestuario exquisitos, suman para hacer de la película un portento que al mismo tiempo que coquetea con el film-noir, se toma su tiempo para desviarse entre dosis de cannabis por el mundo de una Norteamérica negada ante la llegada del capitalismo feroz a través de los ojos de un personaje que, como el propio Anderson a través de su carrera, mira con nostalgia lo que su país podría haber llegado a ser de haber seguido por el bien intencionado camino del amor y la paz.

Es ahí donde la novela de Thomas Pynchon cobra importancia. Publicada en 2009, Inherent Vice es elogiada por su psicodélica construcción, fundamentada principalmente en su lenguaje, que hace de la experiencia algo similar a un viaje en alucinógenos y que permite que nos pongamos con facilidad en los zapatos del personaje principal. Si a eso le sumamos un gusto ya casi convertido en costumbre del director por atiborrar sus películas de personajes y situaciones en perfecta coreografía, el resultado es un collage de ambientes y estados de ánimo exponenciados con apariciones breves pero memorables como la de un histérico Martin Short en el papel de un dentista infiltrado en negocios sucios a través de una misteriosa organización conocida como “El Colmillo Dorado” o Benicio del Toro en una versión menos atolondrada pero similar a su Dr. Gonzo de Pánico y locura en Las Vegas, el nuevo trabajo de PT Anderson no deja duda que el director sigue en perfecta forma y control absoluto de su obra, su elenco, su discurso y sus inquietudes, aunque ello represente (dicen) sacrificar elementos del material original en el que la película está basada.

“Paul tiene su propia forma de trabajar”, comenta Phoenix. “De repente combinaba personajes porque era imposible utilizar a todos los que aparecen en el libro y en ocasiones tomaba los diálogos de uno y los aplica en otro”, continúa. “Y aunque yo recordaba los diálogos, de repente me confundía que alguien dijera algo que en mi memoria no correspondía al personaje. Todo el tiempo Paul tomaba eso y lo agitaba para hacerme sentir verdaderamente desorientado. Entonces ahí estaba yo de repente, filmando una escena con un personaje mientras Paul se paseaba y nos echaba miradas sospechosas, como si él supiera algo que yo no. Y por más que le preguntaba qué tenía que ver una cosa con la otra en ésta versión que él cocinó de la novela de Pynchon, no me decía nada más que ‘no sé, eso es algo que tú tendrás que descifrar’. Y así es que me dotó de la confusión que invade a mi personaje todo el tiempo pues, con esos pequeños detalles, me ponía en medio de algo de lo que yo ya no sabía qué esperar”, concluye.

Habrá quien se queje de que, como comenta Phoenix, el material original no necesariamente fue traducido con fidelidad a la pantalla o quien pierda el interés por el desarrollo de todos los misterios en los que Doc Sportello se ve involucrado a la mitad del camino. Es comprensible. Anderson nunca ha sido un director fácil de digerir o que busque enganchar por donde los demás lo harían. Para todos esos posible detractores les tengo un consejo: relájense y dejen que Anderson y Phoenix los adentren a este viaje con sus talentos. La historia (que funciona a gran escala) es, en este caso, menos importante que la experiencia en sí…y como experiencia, Vicio Propio es sin duda una que no se debe dejar pasar.

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